Una ruta para visitar el arte de Chirino en su ciudad

Michel Jorge Millares

En marzo se heló la fragua. Con aflicción contemplamos cómo se apagaban los rescoldos brillantes de la mirada de Martín Chirino López, entre cenizas y escorias de su taller en la sierra madrileña. Era la última creación de una vida de arte expresada con esculturas inspiradas en su isla, sus formas, sus movimientos y pensamientos forjados en acero corten o hierro. El buril y el martillo enmudecieron. La brutal ausencia instantánea del amigo con la sabiduría en la voz que nunca rugió como el fuego, ni atronó el yunque. Perdimos la palabra forjadora que Chirino difundió generosamente, al viento. Hacía esculturas y personas, con sus obras educaba mientras su pensamiento daba también forma a la sociedad en su palabra exacta, moldeada.

Contemplar la obra de Martín Chirino en Las Palmas de Gran Canaria es un lujo, una presencia permanente en lugares emblemáticos, una sucesión de afortunadas piezas que muestran la más completa colección para recorrer la trayectoria del artista y, a la vez, de sus vínculos con la ciudad a la que interpreta a través de obras que también representan sensaciones y recuerdos.

En el acceso que viene del aeropuerto nos saluda una sacerdotisa del primitivo pueblo de Gran Canaria, Lady Harimaguada, que desfiló orgullosa toda la Avenida en un paseo hasta su enclave, junto al mar, visitada cada día por decenas de miles de vehículos que saludan o despiden la capital que a la vez es puerto de cien pabellones y el mayor barrio de la isla. Una ciudad/isla con su propia isleta que le da refugio.

Allí arribaron los colonizadores para crear un modelo urbano que se extiende por todas las ciudades nacidas de la aventura del nuevo mundo y rutas que descubrió Cristóbal Colón. Es el barrio antiguo de Vegueta que contempla la Espiral del Viento (2003) en la Calle Mayor de Triana. Una figura etérea y férrea que trasladaron de una rotonda junto a la depuradora para situarla junto a la ermita de San Telmo, la de la tradición de los maestros carpinteros de ribera, donde el feminismo reivindica igualdad en su nuevo emplazamiento. Desde este punto se mira hacia la Casa de Galdós, la de Colón, la Catedral, el Museo Canario y el Centro Atlántico de Arte Moderno, que Chirino dirigió en sus primeros años.

En el barrio portuario, el de su infancia y adolescencia, encontramos la sede de la Fundación Martín Chirino que no se limita a ofrecer una retrospectiva de su arte sino que pretende proyectar su pensamiento desde el Castillo de La Luz. Un espacio para compartir las ideas y hacer más fuerte esa luz que guió a navegantes por el Mare Tenebrosum y ahora en un mundo global en el que transita la Humanidad.

Chirino cierra entre los muros de esta fortaleza su ciclo vital y creativo, cerca de los talleres donde aprendió, con un ágora para el aprendizaje, si los responsables municipales mantienen su compromiso de apoyo a los fines plasmados por el propio creador. En sus salas, con el envoltorio de piedra levantada con el objeto de crear una defensa inexpugnable ante los numerosos ataques piratas y berberiscos, se conserva y expone una amplia muestra de obra en hierro, fundición en bronce, obra gráfica, obra sobre papel y dibujos. Un testamento artístico impactante y sorprendente para los visitantes.

El artista quiso completar con la Fundación y su sede una trayectoria que le llevó de los juegos de infancia en la playa a figurar entre los más destacados escultores del mundo, gracias a su inquieta contemplación de las espirales que forman los juguetones torbellinos de la arena, iluminados por el astro en sus distintos momentos desde el amanecer hasta el ocaso, con los espectaculares atardeceres de luz sobre el Atlántico que bordeaban la silueta del Teide en el horizonte. Momentos que compartió junto a otros niños y niñas entre los que se encontraban varios artistas que compartían inquietudes vitales, especialmente con Manolo Millares, Elvireta Escobio, Manuel Padorno y Alejandro Reino, con quienes partiría a Madrid y a partir de esa diáspora iniciaría su implicación en el grupo El Paso y su proyección internacional como artista.

En esta ruta por sus obras públicas, hay que visitar el Hospital Juan Negrín, donde se extiende en su salón principal la obra Alfaguara 2, realizada en hierro forjado y, para terminar, se debe visitar el Campus Universitario de Tafira, donde se ubica la Escultura del Pensador (2001-2002, donada por el Grupo Domingo Alonso), junto a donde estuviera el Seminario y el Instituto Superior de Teología de las Isla Canarias, como homenaje a la formación y al saber.

Probablemente, su último texto artístico sea el publicado como prólogo del libro sobre su amiga, artista y hermana de Manolo, Jane Millares Sall, donde reflexiona sobre arte canario (insularidad, identidad y discurso artístico), en aquellos tiempos de soñar, de crear, a pesar de habitar un “mundo de escasez y controversia” que compartió con los hermanos Millares (dos y cuatro años más jóvenes que él). Asimismo, recuerda cómo se aventuró con Manolo para poder participar en la trayectoria que imponía el arte nuevo, más global y comprometido, mientras Jane decidió continuar en la isla y «vivir su circunstancia», transformando «el drama de la insularidad en identidad y discurso artístico» en el que encontraba Martín la «veracidad del arte canario» con su «magicismo y pureza».

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