Sobre el pájaro canario (por Manuel González Sosa)

Con motivo de los actos conmemorativos del centenario del nacimiento del poeta canario Manuel González Sosa, hemos rescatado un artículo suyo publicado en La Provincia el 26 de octubre de 20211 sobre el pájaro canario, que, en palabras suyas, apenas ha sido tenido en cuenta en las Islas como filón literario.

Manuel González Sosa remitió este texto unas semanas antes de fallecer a la redacción de LA PROVINCIA para su publicación en el suplemento Cultura. El fallecimiento del poeta antes de la prevista publicación confirió un carácter póstumo a estas inéditas ‘notas ocasionales’. En estas líneas el poeta repasa la presencia de la «avecilla emblemática» en la lírica canaria.

A pesar de lo cotidiano de su compañía hogareña, no sólo en la ciudad, y a pesar del aura con que fue nimbado desde muy temprano por su difusión y su fama internacionales, el pájaro canario apenas ha sido tenido en cuenta en las Islas como filón literario. Pero ello no debe ser motivo de desconsuelo. A menos que le esté reservada algún día una suerte, digamos, equiparable a la de la alondra y el ruiseñor en otras literaturas, la desangelada explotación que aquí han sufrido algunos elementos vernáculos nos lleva a considerar como una culpa feliz el hecho de que sean tan pocos los autores regionales que han reparado en la avecilla emblemática. Emblemática tal vez, más que por cualidades singulares, a causa de que trasvoló madrugadoramente a Europa y fue a insertarse en el repertorio de las presencias que amenizan la vida continental, aclimatándose después en otras latitudes, incluso en plena naturaleza.

Ciñéndonos al campo de la poesía, cualquier muestreo nos depara otras evidencias negativas. Por ejemplo, el que propicia el manojo de versos que tengo a la vista, integrado por piezas de Cairasco de Figueroa, Montiano Placeres, Alonso Quesada, Pedro Perdomo Acedo y Luis Feria -una por cada autor, salvo en el caso del penúltimo-. Se ve aquí que el pájaro cantado por nuestros poetas no es, por lo general, el canario silvestre (¡más vale volando!), sino el que es producto de la incesante fecundación cruzada que se inició muy pronto fuera del archipiélago a partir de la raza prístina. O sea, el canario doméstico, morador de jaulas y pajareras. Con las dos excepciones (en nuestro caso) representadas por Cairasco y, en uno de sus poemas -éste muy breve-, por Pedro Perdomo Acedo.

Pero las aves que lanzan su canto entre los versos de Cairasco no lo hacen en un locus amoenus que sea proyección de un paraje insular. Gorjean en una ribera institucionalizada, en una minuta de topoi, revestido su ser genérico de una apariencia ocasional. Para colmo, llegaron al boscaje de palabras atraídas de alguna manera por el cimbel de la rima. En el epigrama de Perdomo Acedo el canario del monte es invocado, más que para fiar en la suerte de la casta, para apuntar hacia el desiderátum de la voz del poeta. En el caso de Luis Feria se trata de otro cantar. Por razones de época y de tesitura personal, su poema se sitúa en una perspectiva que nada tiene que ver con la de los predecesores. El referente es un pájaro ostensible pero visto risueñamente, con ironía que no niega la ternura, en una circunstancia doblemente propicia a la expansión elegíaca.

(Uno sabe que en algunos casos el plus de adhesión al volátil famoso es una secuela del apego al terruño. Son otros pájaros con menos leyenda los que se han ganado por sí mismos, sin ninguna mediación, la querencia de muchos. El pájaro pinto, o el capirote, o acaso -seguro- el mirlo, la avecilla que nos encantó tantos días de la infancia. Oculta en la higuera, posada en el naranjo, detenida un momento en la horqueta de un acebuche reseco.)

Aunque a primera vista parezca inoportuna su mención cuando se habla de un muestrario de versos, la verdad es que aquí no desentona la noticia sobre el pájaro canario que incluye Viera y Clavijo en su Historia natural. Tanto por su contenido como por la voluntad de estilo que nunca abandona a nuestro polígrafo, esa noticia alcanza en alguna medida el punto de la textura poética. E igualmente la larga cita que la remata, con su calidad de fábula.

Después de lo que queda dicho, se juzgará todavía menos pertinente la ocurrencia de ir a buscar rastros sentimentales del apego a nuestro pájaro en escritos extraños a los objetivos de quienes cultivan la literatura. Sin embargo, puede suceder que en alguna ocasión ello valga la pena. Así me lo parece en el caso de una corta misiva firmada por un niño inglés de diez años criado en Gran Canaria (Joseph Miller) en cuyo texto aflora con tenuidad la añoranza de la grácil criaturilla animal involuntariamente abandonada en la isla. La carta fue escrita en 1850, en Cádiz, primera escala de un viaje que, por exigencia de una perdurable tradición inglesa, tenía por destino un colegio de la Gran Bretaña. He aquí unos pasajes de esa carta.

«Mi gorra escocesa se me cayó al mar… Casi cada noche sueño que todavía estoy en Canarias… Un pasajero se trajo cinco pájaros canarios. Espero que mi canario esté vivo todavía…. Transportamos siete pájaros y un halcón». (El texto completo figura en la obra La saga canaria, de míster Basil Miller, Londres, 1990, de la que hay traducción española debida a María Dolores de la Fe, publicada por el Cabildo de Gran Canaria cuatro años más tarde).

Terminemos acudiendo también a las páginas de un libro, éste bastante añejo: Conocimiento de las diez aves menores de jaula, de Juan Bautista Xamarro, editado en Madrid, en la imprenta Real, el año 1604. En él se señala cierta afinidad de nuestra divisa emplumada con el que es, para los poetas, el príncipe del averío canoro; un parangón que vale sin duda como una preciosa alabanza: «Si este pájaro alzara tanto la voz como el ruiseñor, fuera más estimado que él, porque éste [el canario] canta todo el año y los ruiseñores poco más de tres veces al año».

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