Sergio Ramírez deposita en el Instituto Cervantes su legado en homenaje a Rubén Darío

El Instituto Cervantes abre su Caja de las Letras para albergar el legado in memoriam del poeta nicaragüense Rubén Darío 

El acto fue presentado este lunes por Luis García Montero, director del Instituto Cervantes

El escritor nicaragüense Sergio Ramírez y el cubano Leonardo Padura depositaron este lunes sendos legados en la Caja de las Letras del Cervantes: Ramírez dejará un legado in memoriam de otro gran escritor nicaragüense, Rubén Darío, considerado el máximo representante del modernismo literario en lengua española; por su parte Padura dejará un legado personal. Después (11:30 h), se presentará el libro La escritura de Leonardo Padura, que repasa la obra del autor. Con este título el Instituto inaugura «Las Ínsulas Prometidas», una colección de estudios que analizarán la creación de escritores hispanoamericanos contemporáneos.

Rubén Darío (Metapa, República de Nicaragua, 18 de enero de 1867 – León, República de Nicaragua, 6 de febrero de 1916) fue poeta, periodista y diplomático y está considerado como el máximo representante del modernismo literario en lengua española. 

Con 14 años empieza su actividad literaria en varios periódicos nicaragüenses. Reside durante un tiempo en El Salvador y en 1885 viaja a Chile, donde colabora con varios periódicos locales. De su estancia chilena son fruto varios libros entre los que destaca Azul en 1888. En Buenos Aires empieza a forjarse un nombre dentro del periodismo y la poesía a partir de 1890. Entra en contacto con la juventud literaria, Roberto J. Payró, Alberto Ghiraldo o Ricardo Jaimes Freyre con quien funda en 1894 la Revista de América, y con ellos se entrega a la «vida nocturna, en cafés y cervecerías». Colabora asiduamente en periódicos como La Nación de Buenos Aires y publica en 1896 Los raros y Prosas profanasy otros poemas

El crucial año de 1898, enviado por La Nación, Darío está en España explorando las repercusiones del desastre español en Cuba («El triunfo de Calibán»; «El crepúsculo de España»). Allí conoce a Juan Valera, Salvador Rueda, José Zorrilla y a un joven maestro llamado Marcelino Menéndez y Pelayo. Recita versos en el salón de doña Emilia Pardo Bazán y vive la bohemia madrileña junto a Manuel Machado, Emilio Carrere, Eduardo Marquina y Alejandro Sawa, quien además le descubre las sorpresas del viejo París y le presenta a Verlaine. 

En los años siguientes desempeña diversos cargos diplomáticos y publica en Madrid Cantos de vida y esperanza (1905) y El canto errante (1907).

México, La Habana, París, Barcelona, son las escalas del viaje final de Darío. En Nueva York cae enfermo y se retira a una hacienda de Nicaragua. El 6 de febrero de 1916 murió a los 49 años de edad en León, la ciudad de su infancia. 

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