Reinventar el turismo (otra vez)

Por Míchel Jorge Millares //

Cuando escribo sobre turismo procuro abrir espacios de diálogo en los que pueda mostrar lo que durante décadas he ido averiguando sobre el sorprendente y enorme campo que abarca la actividad turística. No he dejado de responder a quienes intervienen en mi blog, redes y por teléfono (gracias, Pepe Dámaso, por comentarme cada artículo). No pretendo pontificar y, de hecho, mis opiniones evolucionan y varían. Un blog es un diálogo permanente, con los lectores y conmigo mismo. Por ello, intento expresarme de forma amena con algunos juegos de palabras e ironías, incluso humor, y suelo plantear públicamente las dudas que me genera una actividad tan compleja como contradictoria. Con un pasado sorprendente, un presente inquietante y un futuro que debemos construir pensándolo bien. Porque con pandemia o sin ella, el modelo turístico en nuestras  islas ya presentaba síntomas de agotamiento.

Aunque llevo más de treinta años escribiendo sobre turismo, es en mi blog donde más profundizo en esta temática desde que lo creé en enero de 2011, y donde he ido publicando 380 artículos (más este). Por ahora se contabilizan 266.000 lecturas de los artículos (¡Qué pasada!). He hablado de numerosas crisis, históricas y actuales, y de propuestas para la mejora del destino. He repetido muchas veces las enseñanzas de canarios que han sido protagonistas del éxito turístico de estas islas. Y no sólo empresarios o profesionales, sino principalmente figuras de la sociedad civil con especial énfasis en Néstor Martín-Fernández de la Torre y César Manrique, verdaderos profetas de nuestras posibilidades como destino turístico

Gracias a esta especialización periodística, tengo la fortuna de mantener una amistad y reconocimiento con excelentes profesionales de un sector muy diverso. Con un peso en nuestra sociedad que debería hacer pensar sobre cómo actuar para mejorarlo, con investigación, con consensos, concibiendo “las cosas en grande, con la vista en el porvenir, aunque los espíritus materialistas pudieran asustarse y calificarnos de irrealistas” (Néstor. 1936).  Asimismo, advierto del riesgo de divorcio social y la turismofobia, cuando es una actividad que afecta a toda la economía y la población, que permitió el desarrollo y la modernización de nuestro territorio y que tendrá su importancia durante mucho tiempo, junto al resto de sectores. Con un papel protagonista que no tiene necesariamente que ser motivo de preocupación, sino de reflexión y acción. 

No todo ha sido afortunado. Igual se puede criticar a las instituciones por su inoperancia endémica en algunos aspectos, como a empresas por su afán especulativo o avaricioso. Pero, en sentido inverso también hay que hacer una profunda autocrítica, al haber una parte de la población que considera el territorio donde vive un vertedero a su disposición, incluso tras el dramático confinamiento vivido del que íbamos a salir todos mejores personas y al final ni más limpios, ni más solidarios, ni más responsables con el futuro económico y sanitario del país… Y lo que nos queda. 

Pero el motivo de este artículo no es -que debería serlo- plantear sanciones a los causantes de estos incívicos comportamientos, o imponer impuestos al uso  de latas para bebidas que inundan los arcenes, sin olvidar la colonización del paisaje por el plástico. Quiero hablar del desánimo y bloqueo que estoy encontrando en muchos profesionales del sector turístico. El perfil de estos ejecutivos es variado, pero una característica es común, la rápida adaptación y capacidad de resolución, la actitud positiva y el entusiasmo que transmiten. ¡Hasta que llegó la pandemia!

En un principio, la mayoría de los profesionales isleños reconocía que el objetivo era intentar salvar la temporada alta (en Canarias, desde octubre hasta marzo siguiente), crear un refugio o fortaleza sanitaria y lograr una cobertura de protección social para los/as trabajadores/as durante la crisis (ERTE en vez de despidos). En Canarias esto ha supuesto un enorme alivio para 4 de cada 10 empleados, directos, y una oportunidad para reformar y mejorar (adaptar) los diferentes destinos e instalaciones turísticas que han podido aprovechar este periodo y prepararse para un nuevo escenario tras la primera ola de la pandemia. Pero parece que a todo el mundo le ha entrado prisas por volver al pasado sin tener en cuenta que estamos a un mes y medio del comienzo de la ‘temporada alta’, cada vez menos segura.

Y en todo este tiempo nadie ha hecho caso de los estudios e informes, si acaso los han leído, porque una cosa es lo que se opine y otra radicalmente opuesta lo que se impone… De hecho, diferentes ayuntamientos, el Gobierno, las universidades crearon equipos de trabajo. Muchos se pusieron a estudiar posibles alternativas y planes para la recuperación, reconversión o incluso la posibilidad de un nuevo liderazgo en el escenario pospandemia. Habría que recopilar todos esos trabajos y valorar si han servido de algo. Porque… ¿a qué esperamos para analizar la situación y las propuestas? ¿Cuándo podremos exigir unidos un plan de reconversión para el turismo en las islas hasta que llegue la vacuna? ¿Hemos asumido que tenemos que convivir con el C19 y crear espacios de seguridad y corredores de confianza para el turismo? 

Es imperioso crear espacios y órganos para la actuación en casos de crisis aunque las medidas que se planteen o se sugieran no gusten a políticos u otros que, probablemente, no las llevarán a cabo pero ahí quedarán, por si acaso. 

Es irrefutable que llevamos décadas viviendo crisis consecutivas y respondiendo con eficacia a situaciones de suma gravedad que cada vez son más complicadas, pero no ponemos el foco en prepararnos, anticiparnos para posibles salidas, alternativas, planes, contingencias, estrategias… Y en este contexto hay que debatir, proponer y valorar cada propuesta. No podemos anclarnos en el pesimismo de no poder volver al mismo modelo (o sí, pero ahora no) y considerarlo una panacea. Porque en estos momentos -y por cierto tiempo- no existe solución a la crisis. Ni los demás destinos la tienen por lo que quien mejores soluciones aporte antes lo superará. Ahora mismo hay miedo a volar -hace unos meses se hablaba de la vergüenza por volar- y no desaparecerá mágicamente, ni el miedo ni la vergüenza de los que advierten del cambio climático. Sabíamos que iba a suceder y que no hay marcha atrás. Que la demanda local es insuficiente y que todo lo que pusiera en riesgo la temporada alta debía evitarse a toda costa. Se dijo claramente que para que una isla sea fortaleza de seguridad sanitaria tendría que evitar importar los contagios. Pero el Estado español y la Unión Europea no nos permiten exigir PCR en origen u otras medidas. Y a todo esto, no hay un proyecto claro para Canarias porque siguen sin entender en Madrid qué significa la ultra periferia. Pero nosotros sí. Y sabemos que nuestra capacidad competitiva merece una mayor capacidad de decisión. 

La falta de contundencia en la respuesta de Canarias conduce a pensar que hemos renunciado a exigir un plan, a reclamar la financiación necesaria para poder reconvertir la oferta (ya contribuimos generosamente a otras reconversiones habidas en este país) y que no interesa analizar con detalle las alternativas al turismo poscovid. Si no hay plan y ficha financiera para la reconversión no podremos averiguar si la palabra crisis para los canarios significa oportunidad, porque seguramente estaremos hundidos. Pero también habrá que ser realistas con un poco de utopía porque no hay vuelta atrás sino que es la ocasión para reinventarnos como destino turístico. No será fácil convencer a todo el mundo de que se acaba una etapa, pero si no aceptamos la realidad -como negamos inicialmente la pandemia-, será imposible superar esta crisis. 

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