Pesadilla después de Navidad

Francisco Pomares //

Ángela Merkel les ha dicho a los alemanes que “es el día de hacer lo necesario”. Lo dijo ayer casi con lágrimas en los ojos, en la comparecencia virtual ante los medios en la que anunció el nuevo confinamiento alemán. La señora Merkel cree que hay cifras de muertos que no son asumibles en ningún caso, que nadie tiene derecho a sacrificar a miles de ancianos –los más dañados por esta enfermedad criminal– y que ha decidido asumir medidas draconianas que incluyen la paralización de la actividad escolar, cerrar las guarderías y condenar toda la actividad comercial no imprescindible. Un nuevo confinamiento para enfrentarse a ese insoportable medio millar de muertos diarios. Cree Merkel que es preciso hacer los esfuerzos que sean necesarios, todos, para evitar que esta mortandad siga campando a sus anchas. A veces, un político tiene que olvidarse del cálculo y la rentabilidad electoral de sus acciones o de sus palabras, y hablar con el estómago y actuar con el corazón. En la rueda de prensa ofrecida para anunciar el nuevo confinamiento de Alemania, junto a la canciller estaban su vicecanciller y ministro de Hacienda, el socialdemócrata Olaf Scholz, y los dos responsables de la Conferencia de Presidentes de los lander, el alcalde de Berlín, Michael Müller, también socialdemócrata, y el presidente de Baviera, el socialcristiano Markus Söder. Todos juntos, apoyándose en el momento crítico de pedir al país un sacrificio extraordinario. No sé si lograrán domar la curva de los contagios, pero produce una cierta fascinación ver cómo funcionan los dirigentes de un país solvente, maduro, responsable, ante una situación de crisis gravísima.

Aquí no tenemos a nadie como Merkel, por desgracia. Ni tampoco tenemos políticos capaces de poner antes los intereses comunes que los propios. Aquí andamos con otras preocupaciones: el gobierno de este país sigue instalado en la complacencia y la propaganda. Ha afrontado esta segunda fase de la pandemia con mucha más preocupación por los números que por las personas. Más o menos lo mismo que ocurrió en la primera, cuando nos ocultaron primero la gravedad de lo que venía y después trampearon con los datos de lo que realmente había pasado. Al Gobierno no le asustan estos números, ni los de la crisis que viene. Andan ocupados haciendo sus cuentas, viendo si les llega para pagar sus propias necesidades con lo que lo que venga de Europa. Entregados a la política del absurdo: reducen los ertes que sostienen la economía doméstica de millones de españoles al 50 por ciento del sueldo, pero preparan una nueva subida del salario mínimo. Andan en el juego de las ilusiones, convencidos de que este país fraccionado tragará con todo. Quizá no.

Ayer, un médico de urgencias del Ramón y Cajal, el doctor César Carballo, despachó un enfado de meses y habló por esa mayoría de ciudadanos aterrados y conscientes de la situación. Se preguntó en un plató de La Sexta si nuestros dirigentes realmente nos protegen. Es la pregunta que nos hacemos todos: ¿Nos protegen o sólo se protegen entre ellos o unos de otros? La pregunta del doctor Carballo es pertinente. Lo es: muere cada vez más gente y quienes mandan no hacen nada por evitarlo. El doctor Simón nos ha recordado que viene una tercera ola, que llegará después de las Navidades y que será más mortífera que las dos anteriores. En Alemania –83 millones de personas– han tomado sus medidas porque llevan 21.800 muertos. En España –47 millones– llevamos 47.600. No sé qué nos ocurrirá después de Navidad.

*Publicado en El Día

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