País de Lux

Santiago Gil  //

La muerte sin estridencias, los diarios de invierno, la sensualidad, la nostalgia contenida que acaricia el recuerdo y que casi parece uno de esos fuegos que calientan el espacio sin grandes llamaradas, con el calor necesario, con una temperatura que se ajusta a la armonía de nuestra propia esencia, a ese sabio presente que respiramos sabiendo que la vida es eterna a cada instante. Todo eso es lo que encontrarán en el último poemario de Carlos Lázaro Roldán. Se titula País de Lux.

Lo escribe el poeta: “Miradas perdidas, /encontradas, /incomprendidas./ Fugazmente disfrutadas.” Uno escribe y luego el lector es quien decide encontrar algo más allá de nuestras palabras. Realmente leemos siempre en el eco de nuestra propia conciencia, en la revoltura de nuestros recuerdos y en ese remanso que a veces dejan los días en que nos creemos eternos después de unas caricias.

Vuelvo al poeta: “No hay sol para la bella mujer,/ aunque se broncee al mediodía/ en la soledad de su sombra.” La poesía también es una imagen detenida en mitad del tiempo, como esta mujer por la que transita la soledad sin que los demás perciban que ya sus pasos carecen de sombras cómplices. Esa mujer bella sabe que hay que disimular ante la adversidad si queremos engañar a la desdicha; pero no hay sol, como escribe el poeta, que logre calentar ese hueco de soledad que siente cuando estira la mano y solo halla el frío de la madrugada. A veces solo bastan unos versos para recordar dónde estamos, quiénes somos y quiénes son esos que siguen empeñados en engañarnos con sus mendaces gestos en los carteles y en las pantallas. Es el poeta quien les quita esa máscara.

Y sigue contando, escribiendo palabras como quien traza pistas con los dedos en una arena que sabe que también será anegada por la próxima marea; pero el poeta escribe como si tuviera la intuición de que el agua se queda con las letras y no las borra, de que reconoce los versos y los hace sonar en otra orilla del tiempo, en otra playa lejana en la que quedan poemas varados para cuando no quede ninguno de nosotros y sea necesario entendernos más allá de los fósiles que dejemos enterrados. “La vida /descansa en una silla/ que atrapa el rayo de sol”, quizá aquel mismo sol que buscaba la mujer bella en la soledad de la sombra, hasta que le salve el milagro o el amor, hasta que todos entendamos el sentido de este galimatías que termina siendo a veces la vida diaria.

“Descarga la rabia/ de su herida en un lamento:/ “víbora eres/ y vivirás arrastrada,/ hasta que ames o seas amada”. Hasta que amemos y seamos amados. Hasta que ames y te amen. Los poemas están para que sepamos siempre hacia qué caminos deben conducir nuestros pasos si no queremos convertirnos en víboras o en hormigas que trabajen, de sol a sol, sin el horizonte de ningún sueño y sin ese amor que justifique la existencia.

Ciclotimias

La tinta también anega los espacios baldíos de la memoria.

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