Manuel González Sosa, centenario del poeta que guiaba al turista

Por Míchel Jorge Millares //

Este es un año de conmemoraciones literarias. Y también turísticas. El 2020 celebró con un episodio global de pandemia el centenario del fallecimiento de Benito Pérez Galdós y en esta ocasión toca a Tomás Morales tomar el testigo, pero no es el único. Aunque no haya destacado tanto, este 2021 también coincide con el centenario del nacimiento de Carmen Laforet, Lola de la Fé, José María Millares Sall Manuel González Sosa, de quien el Ayuntamiento de Guía ha realizado una amplia difusión con sus poemas expuestos en las calles, gracias a la colaboración del escritor Santiago Gil con este aniversario.

Además de su bonhomía, la mirada siempre afable y su espíritu colaborador, Manuel González Sosa (hermano del periodista y cronista oficial de Guía, Pedro González Sosa), destacó como colaborador de la editorial Everest, una de las iniciativas literarias más destacadas en la bibliografía turística española. Sus guías de bolsillo, muy completas y detalladas, también ofrecen una visión literaria de gran nivel, gracias a la colaboración de escritores de la talla de Manuel González Sosa. Un autor que fue ‘marca de la casa’ entre los sesenta y los ochenta, con numerosas reediciones de sus guías sobre ‘Gran Canaria, Lanzarote y Fuerteventura’. Un autor que no sería el único escritor que participa de este ‘género’ literario, ya que tenemos a otras grandes firmas como Carmen Laforet, Claudio de la Torre, Néstor Álamo Juancho Armas Marcelo, entre otros/as.

Aprovecho este centenario para mostrar la forma con la que describe González Sosa su isla, desde sus orígenes como “tierras desveladas aún antes que realidad presentida” como “nostalgias del paraíso”. Un territorio con un “especial emplazamiento en una encrucijada importante del planeta” que ha dado lugar a que nuestra isla tenga una “biografía individual, que no ha sido precisamente idílica y oscura, sino más bien agónica y notoria”.

Nuestra isla, “pirámide cónica” no es ya el ‘continente en miniatura’ de Fray Lesco, sino “un brevísimo país que resume todos los paisajes de la tierra y que incluso, atreviéndose a más, nos muestra algunas anticipaciones de las facies lunares”, dentro de un “alarde calidoscópico”. Así la representaba en 1982, cuando contaba con 520.000 habitantes de los que más de la mitad residían en la capital, “o sea, Las Palmas” (todavía no se había enconado la lucha por añadir el nombre de la isla al topónimo de la ciudad). Una capital de la que destaca su “escenario natural” y el “cotidiano espectáculo de la humanidad cosmopolítica”, con una “importante vida cultural” y “completísima red de instalaciones de diversión y reposo que ha puesto en marcha su briosa industria turística”.

Y esa ciudad que “en su origen fue un campamento militar”, creó el barrio de Vegueta “genio y figura”, que “constituye acaso el conjunto arquitectónico más interesante que los siglos pasados han legado al archipiélago canario”, anticipándose otro municipio del archipiélago a la frustrada iniciativa de declarar Patrimonio de la Humanidad este barrio tan machacado por la falta de visión de pasado y futuro, que vivió el mayor hachazo urbanístico posible al soterrar la desembocadura del barranco Guiniguada y sus dos puentes (de piedra y palo), cercenando su unión con Triana “el primer retoño importante de la expansión urbana de Las Palmas”, donde se “conservan viejos nombres de calles que recuerdan la presencia de los mercaderes europeos que aquí actuaron intensamente”, dando paso con el tiempo a otros comercios que conocimos hasta hace poco, cuando “la nota exótica corre a cargo de los bazares hindúes, con sus escaparates abarrotados y tentadores, y los comercios de personalidad menos coruscante, de otras gentes del Asia: sirios, jordanos, libaneses…” (Nada de chinos o franquicias, por entonces).

González Sosa también se adentra en la personalidad o identidad del canario, a través de sus comentarios sobre el folclore, al indicar que entre las creaciones populares “sobresalen los cantos y bailes, en los que evidencian la elegancia espiritual del canario y su condición apacible y querenciosa, así como su fino sentido del humor”. Sin olvidar el timple, instrumento propio “cuyo son desgarrado, agudo y agilísimo, confiere a la música popular canaria un carácter especial”. Igualmente resalta el papel de la artesanía, en particular la cerámica, con sus “formas alumbradas originalmente en plena prehistoria” en cuyos “cacharros coexiste, en síntesis curiosa, elegancia y tosquedad”, para luego descubrirnos el puerto que en aquellos tiempos destacaba “en cuanto a movimiento de buques y registro de tonelaje bruto, el Puerto de La Luz ostenta el primer puesto entre los de España y el tercero entre los del mundo”.

La zona portuaria tiene su barrio o enclave particular: el Parque de Santa Catalina y Las Canteras, “Elemento muy principal de la animación y el tráfago cosmopolita”, “ágora mundial, de plaza mayor ecuménica…”, invitando a pasear por esta zona para “asomarse a un retablo costumbrista sumamente rico y lleno de colorido; o, también, gozarse en la sonería -blanda, o bronca, o cantarina; siempre fascinante- de casi todas las hablas del planeta”. Se regocija el autor con este espacio que “ha ido labrando en el morador de la ciudad el hábito de la cordialidad y la comprensión; hábito que, por cierto, es uno de los rasgos positivos más interesantes de su personalidad”.

Manuel González Sosa también se adentra en Los Riscos “barrios de más solera popular y, sin duda por ello, filones abundantes donde se abastece de materia prima la mitología pintoresca del sainete y la picaresca isleños”; y Ciudad Alta “el conjunto de las ciudades satélites que han surgido últimamente sobre varias de las colinas que sirven de fondo a los distritos de Los Arenales y Ciudad Jardín”.

Respecto a los deportes, destacamos su mención a las ‘regatas de botes’ celebradas “por embarcaciones provistas de una amplia vela latina de ostensible desproporción con respecto al casco” o que “En la lucha canaria, más que a un enfrentamiento de poderes físicos, asistimos a una pugna noble y viril de habilidades y reflejos, en la que también se prodigan las secuencias de gran vistosidad plástico-gimnástica”.

Salimos hacia el norte para encontrar “un paisaje inventado, un paisaje creado por el hombre. O, por lo menos, intensamente remodelado por el hombre”, donde hay un laberinto de minas y galerías para “agenciarse con dificultad y hasta con riesgo dos elementos cardinales: el agua y la tierra”. Una tierra que “se ha visto obligado a escatimarla y cuidarla avaramente, llevándola, como si se tratara de un mineral insólito, de un sitio para otro”, para crear en la franja costera un paisaje “donde en la sinfonía vegetal del verde prima -fuerte, vasto, dominador- el esmeralda brillante de los platanares”. Y nos detenemos en su descripción de Las Nieves con su “wagneriano telón de fondo” en sus imponentes montañas, desde la playa con “sus cantos rodados, su gruesa arena grisácea”.

O realizamos su ruta del sur, ‘Tierra solar’, “de paisaje ambivalente, paradójico: a un mismo tiempo severo y voluptuoso. Su calidad sensual es un presente de la luz, del aire, del cielo… La condición ascética una consecuencia de su desnuda y quemada orografía” gracias a varios elementos: “luz frenética, cálida atmósfera oreada por la brisa constante, cielo rotundo y alto”, junto a un “mar que agita su piel lúbrica junto a los médanos dorados». González Sosa reproduce unas palabras de Carmen Laforet para explicar el espacio sureño: “Cielos tremendos; cielos tremendos, crepusculares, color de sangre y de violetas lo envuelven a la tarde. A mediodía tiemblan las rocas, evaporándose en una neblina de oro. Cuando cae la noche, aún queda un ardor en el agua quieta del mar, que brilla con el reflejo de pesadas estrellas bajas, grandes. Se recortan extrañas las siluetas de los cardones en esta claridad del cielo, y en el calor parecen llamas de fuego verde. No hay posibilidad de escape y de tibieza. Sé quien aborrece este paisaje desolado. Sé también quien, como yo, lo ama violentamente y sin reservas”.

Otra pincelada de las cumbres nos muestra el ‘vértice e la isla’, para mostrarnos la imagen de la “punta de la peonza gigante que es la isla, formada por la aguja del Roque Nublo, esa señera y recortada púa de basalto que gira no sobre el suelo sino sobre el cielo”. Un paraje que es “el dominio de la piedra enfebrecida, el escenario de la ira plutónica detenida para siempre en una secuencia de dramática y retorcida grandiosidad. Tajos profundos, barrancas en torbellinos, degolladas y derrumbaderos, atormentados escarpes, peñascales escoteros que se resisten vanamente a las dentelladas de la erosión…” Y cierro este paseo por la isla de la mano de González Sosa con otra cita, la de la ‘isla vieja’, guardada por los bosques de Tamadaba, Inagua, Pajonales y Ojeda, que describe mediante la cita a ‘Los poemas áridos’ de Alonso Quesada:

“Campos, eriales, soledad eterna
-honda meditación de toda cosa-.
¡El sol dando de lleno en los peñascos
Y el mar… como invitando a lo imposible”

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