La segunda muERTE de César Manrique

Por Míchel Jorge Millares //

Hay personas que hacen de su vida una obra de arte, pero no sólo en el lienzo o en su entorno, su hogar, convirtiendo cada detalle en un mensaje, una obra de amor o una denuncia. Los/as hay también que llevan el arte a la sociedad, lo transmiten y comparten, educan y transforman a la comunidad en torno a una idea, a un proyecto común en el que el arte se respira, transforma el paisaje. Son personas con un aura especial que transmiten con su presencia, con su mirada. No hay que ser un genio artístico para poseer estos dones, pero los/as hay que alcanzan un nivel extraordinario, capaces de liderar sociedades para un cambio profundo.

Yo he conocido, conozco, muchas personas capaces de llevar el arte a la vida. He tenido la fortuna de vivir rodeado de personas que hacen del arte su modo de vida (incluído el propio Manrique), personas que lo viven pero no lo saben, personas que lo transmiten y son ‘asintomáticos’… Seres de luz que son fundamentales en la comunidad. Pero este periodo de tránsito de cada individuo por la tierra tiene su fin, Y César Manrique falleció en un accidente de tráfico en 1992, pero ha vuelto a morir en los Idus de marzo de este año, cuando el Estado de Alarma provocó la aplicación de un Expediente de Regulación Temporal de Empleo (ERTE) en la Fundación, creada para mantener el pensamiento crítico, pero que sigue cerrada, sin voz, siete meses después. Nuestro César, quien cruzó el Rubicón varias veces contra la corrupción y los desmanes paisajísticos y urbanísticos ha enmudecido desde entonces.

Y yo me resisto a perder su voz, su guía para afrontar el destino de estas islas (o del planeta) gracias a su lucidez de discurso y a su capacidad de convicción en el trato personal y frente a multitudes. Un artista que cuando veía un detalle que le horrorizaba, aunque fuera algo insignificante, acudía inmediatamente al despacho del alcalde o presidente del Cabildo para manifestarle su rechazo. Porque los detalles también importan, todos los detalles conforman la vida y César sabía que el tiempo corría en contra de la humanidad, de la naturaleza, del paisaje… Y por eso alzó su voz siempre que pudo contra lo que consideraba un atentado para el paisaje, al entender que es un escaparate para educar al residente y al visitante. Por eso convirtió Lanzarote en un destino de éxito turístico.

Por todo ello creo que la Fundación César Manrique debe encontrar una fórmula que permita seguir activa socialmente, para que todos los que creemos que el mensaje de César debe prevalecer, permanecer y actualizarse constantemente, podamos colaborar y contribuir a su difusión. Y hoy es más necesario que nunca. Un ERTE no debe silenciar la voz de César, menos aún cuando las medidas a tomar para salir de esta grave crisis pueden dar lugar a un retroceso sin precedentes en la preocupación ambiental que tuvo el artista lanzaroteño. Por el contrario, estoy seguro de que César habría alzado con más fuerza que nunca su voz, exigiendo hacer realidad su sueño, la ilusión compartida por una parte de la población de su isla, de las islas. Llevar el arte a la vida, como también hizo Néstor Martín-Fernández de la Torre.

Una lástima que la ilusión y el esfuerzo desplegado durante el centenario de su nacimiento se haya apagado coincidiendo, casi, con la celebración del 101 aniversario de su nacimiento. Ojalá que la Fundación pueda superar el ERTE, aunque sólo sea para recuperar la voz de César y escuchar su mensaje de futuro, de utopía y de una obra que sorprende a toda la humanidad.

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