La hipocresía apunta al turismo

Míchel Jorge Millares //

La hipocresía apunta al turismo

 La Graciosa. Turismo masivo en 29 km.» reza el titular de una cadena de televisión sobre lo vivido este mes de agosto en la isla chinija. ¿Es el turismo el culpable de la masificación? Pues, como todo: si y no. Y menos hoy día, cuando puedes encontrarte con que al mismo tiempo no cabe un alfiler en el fútbol, los comercios, el campo o la playa. Todo está abarrotado, y no de turistas precisamente. Porque ir a pasar el día a la Playa Amarilla o Las Conchas es una opción al alcance de muchos. Más gente habrá, seguro, en Melenara o en Guguy, y nadie culpa al turismo de esas movilizaciones que se desplazan de un lugar a otro para entretenerse con cualquier cosa, incluso con la llegada a la playa de chuchos, mantas y rayas a desovar, con las molestias que producen cientos de personas en la orilla intentando grabarlas con sus móviles. Pero, insisto, eso no es turismo. La OMT lo dice bien claro: «actividades que realizan las personas durante sus viajes y estancias en lugares distintos a su entorno habitual por un período de tiempo consecutivo inferior a un año, con fines de ocio, negocios u otros». Y, si no hay pernoctación, se trataría de excursionistas. Habrá que ver quién dice a los conejeros que no vayan de excursión a La Graciosa o a los majoreros a pasar el día en Lobos.

Sin embargo, hay quienes se frustran porque se creen con el derecho a ser los únicos habitantes de la tierra y a disfrutar en exclusiva de los recursos del planeta. Los mismos que han encontrado un cómodo chivo expiatorio de todos los males: el turismo, al que culpamos incluso de nuestros fracasos como sociedad individualista acaparadora de los espacios que compartimos y que reflejan la falta de educación, exceso de vulgaridad y el egoísmo como norma. Y así nos va. Cuando nos encontramos con que La Graciosa recibe a diario al triple de personas que los que residen en la isla. O que Lobos se llena de paseantes que -contradictoriamente- buscan la soledad. Nos contraría, aunque esas masas no sean extranjeros (ni propiamente turistas) sino visitantes isleños en su mayoría, señalados despectivamente como turistas o peor dicho: turismo de masas, la nueva plaga?

Y es que le colgamos el sambenito de turismo de masas a lo que en realidad era turismo popular, el turismo de los trabajadores que habían logrado desde 1936 (en Francia) la aprobación de sus periodos de vacaciones pagadas. A partir de ahí, con un lenguaje clasista, se les menospreciaba a pesar de que suponía un cambio cualitativo respecto al antecedente: el mochilero. Un cambio que obligaba a contar con nuevas infraestructuras para un número creciente de viajeros: hoteles, apartamentos, aeropuertos… E, incluso, templos para el culto de otras religiones. De hecho, el turismo propició el ecumenismo y la socialización del ocio y los servicios. Curioso que ahora se pretenda restringir la actividad turística a unos pocos privilegiados y que el conjunto de la sociedad viva a cuenta del turismo.

Pero bueno, dicho esto, han transcurrido varias décadas desde la irrupción del turismo popular o chárter y nos encontramos con brotes de la llamada turismofobia que se manifiesta como rechazo a la llegada masiva de personas que transforman la ciudad en un lugar incómodo para vivir, más caro y, en ocasiones, insoportable con borrachos ruidosos y embrutecidos. Pero no tienen por qué ser turistas, que también puede haberlos. En realidad, es una amalgama de visitantes y vecinos, o en ocasiones verdaderas hordas de maleducados, guarros y egoístas.

En realidad, la mayoría de los turistas vienen a encerrarse en sus guetos de seguridad, hamaca (si la consiguen), piscina y comida. Y más si acuden a establecimientos de todo incluido. Por el contrario, los lugares masificados en las islas muestran otro perfil de gentes que hacen ostentación de su condición de colectividad abierta con algún turista espontáneo, para la diversión o el espectáculo, de forma cívica y gratificante, o todo lo contrario, aunque para mostrar la falta de educación y respeto no hace falta una muchedumbre. Hay quien mancha un santuario aborigen con un corazón y su nombre, o pinta el grafittiestúpido en el roque del Fraile, garabatos que invaden los rincones de la isla. Tampoco hace falta la masa para tirar la basura al suelo junto a una papelera llena en vez de llevarla hasta otra papelera o contenedor, pero la pulcritud supone esfuerzo y cooperación palabras devaluadas en cerebros vacíos o cargados de egoísmo, que no es sinónimo de turismo.

La hospitalidad, cortesía, civismo son los principios de la actividad turística, pero hoy día son palabras desvirtuadas en una sociedad en la que se extiende la creencia de que todos los derechos son de uno y los deberes del otro. La playa, el campo, la acera, todo es de cada uno, exclusivo, y hasta la masificación de la que todos participamos es culpa de los otros. Cuando nosotros somos parte de esos otros.

De ahí que muchísima gente culpe de los excesos al turismo y no reconozca la incultura, idiotez, falta de educación, sobrepoblación y un larguísimo etcétera. Incluso los vertidos fecales al litoral parece que son solamente producidos por los turistas (vendrán con bandera, supongo), como si no tuviéramos la obligación de depurar las -nuestras- aguas residuales que se mezclan en el mar con buques incendiados con mercancías peligrosas, que no son precisamente cruceros turísticos, pero nadie ha inventado la palabra puertofobia.

Es cierto que se producen encontronazos o situaciones delicadas por la llegada de un perfil de turistas indeseable, aunque no mucho peor que algunos personajes de las hinchadas futboleras o de destinos que apuestan por el low cost y las borracheras sin fin. Y también es cierto que hay destinos que han exiliado al residente por el floreciente negocio de alquiler de alojamientos, como en el caso veneciano pero ¿estaríamos dispuestos a dejar de visitar esos lugares y dejar de ser parte del problema?

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