La frágil frontera entre la hospitalidad y la turismofobia

Michel Jorge Millares  //

El rechazo a lo foráneo no es nuevo, es parte de la forma de ser de la humanidad que, aunque inmersa en la globalización, mantiene sus reflejos psicológicos grupales propios de tribus o comunidades que abandonaron el nomadismo para asentarse en lugares donde se consolidaron y crearon sus estructuras sociales entre las que figura la propiedad o la religión. De ahí que uno de los primeros casos de ‘turismofobia’ podríamos señalarlo en los inicios del turismo de salud, cuando los ciudadanos temían el contagio de enfermedades, o en una segunda etapa cuando arranca el turismo de masas, cuando había un rechazo doctrinal a las creencias religiosas de los chonis, el posible contagio de su democracia o, más importante, la moralidad pecaminosa de aquellas mujeres que mostraban con descaro sus cuerpos en bikini.
Lo de ahora es bien distinto, es el rechazo a un modelo de turismo que ha producido la mayor transformación y desarrollo económico conocido en las islas, pero que también ocasiona situaciones no deseables, aunque en esto hay demasiados tópicos y desinformación por falta de explicaciones e iniciativas pedagogicas para explicar la actividad turística y, sobre todo, para poder rentabilizarla. Algo que han hecho bien en otros destinos creados y diseñados para atraer turismo porque, no nos llamemos a engaño, todos quieren hacer turismo y sólo vemos los problemas en casa, aunque la culpa de esos problemas sea de los propios gestores de cada destino y no del turista que viene atraído por lo que se le ofrece.
Y es que no hay sector que más incremente sus salarios en España, que aporte tanto al PIB, que realice un uso más eficiente del agua, que incorpore los equipamientos para la producción de energía limpia, o que genere más ingresos y empleo en la Comunidad. Sin olvidar el auge de producciones cinematográficas que mejoran la marca isleña a pesar de que también surgen detractores. Y, dicho esto, si decidiéramos cambiar de modelo económico ¿habría otro sector que pudiera cubrir mínimamente la actividad en las islas? La industria no puede absorberlo, el sector agropecuario está subvencionado y los sueños de una sociedad tecnológica de alto valor añadido se desinflan con la diáspora masiva de profesionales a otros países o regiones… Y así cualquier posibilidad.
Promoción del Hotel Santa Catalina.
Poca memoria tenemos cuando nos quejamos de que el turismo ocupa las zonas de mayor valor ambiental de las islas, cuando hace poco más de cinco décadas eran el suelo improductivo que nadie quería. Ni recordamos que los monocultivos agrícolas nos conducían inexorablemente a crisis profundas que desembocaban en hambrunas y emigraciones masivas.
Guía ilustrada por Néstor.
Pero tampoco debemos tirar voladores por el modelo actual. Un negocio turístico que controlan mayoritariamente agentes foráneos, que se centra en el sol y playa (que sale gratis a los turistas) a precios competitivos, o sea, de bajo beneficio para el destino (por culpa nuestra) y una obsesión desde las administraciones por traer más y más turistas -como si esa fuera la única medida posible de éxito- dedicando a ello cuantiosos recursos públicos en vez de sentar las bases de un modelo de progreso y sostenible, que prime la obtención de rentas y la ocupación para los residentes. Y la culpa no hay que echarla a las empresas turísticas que ni ‘venden’ las cifras de entrada de turistas ni encuentran en las islas las personas formadas para sus plantillas, y mucho menos planifican el territorio para convertir el litoral en cascadas de construcciones sobre el mar que confirman el efecto masificador del modelo actual en el que impera el ‘low cost’ en todos los ámbitos.
No olvido que hay numerosas debilidades en el sector turístico canario: poco competitivo en precios (nos salvaron las ‘primaveras árabes’), de bajos salarios (por el perfil del sector de baja cualificación, aunque es el que más incrementa salarios), por su importante consumo energético, la llegada de personal foráneo, la demanda de infraestructuras y equipamientos, o la tendencia al turismo residencial (pero no olvidemos que en un principio fueron los propios canarios quienes compraron apartamentos para obtener rentas), la dependencia de los turoperadores extranjeros, o el riesgo del ‘monocultivo’ en un mercado global, etc. etc. Pero no se ha puesto freno a determinadas fórmulas que atraen turistas más propios de ‘Resacón en Las Vegas’ que de un destino de tranquilidad, bienestar y oferta de ocio novedosa y atractiva.

No quiero decir con ésto que la calidad se imponga a través de restricciones y exigencias medidas en estrellas de los establecimientos: hay hoteles de pocas estrellas con gran calidad en su segmento, al igual que apartamentos e incluso viviendas vacacionales. La calidad viene dada por el gasto en destino y eso se da en diferentes tipos de establecimientos con un beneficio mayor en el destino. Por ello, plantear por ejemplo poner una tasa es generalizar y dar una respuesta errónea al problema.

Sin embargo, la respuesta no ha de ser la de poner punto final a nuestra proverbial hospitalidad, una de las más valoradas cualidades de nuestro destino, para acusar al turismo de los males de la sociedad. Estamos jugando con fuego y contra los intereses de la mayor parte de nuestra sociedad. Hablemos de mejorar el turismo y convertirlo en el eje vertebrador de nuestro bienestar y de nuestro desarrollo tecnológico. Convirtamos las islas en ese lugar de salud (hoy lo llaman wellness) y de inovación y tecnología con nuevos productos para el turismo que, en esto, no
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