El turismo en los tiempos del coronavirus

Por Míchel Jorge Millares //

“- ¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo? -Le preguntó.
Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses, y once días con sus noches.
– Toda la vida -dijo.”

(Gabriel García Márquez‘El amor en los tiempos del cólera‘)

Las lecciones que aporta esta pandemia son tan variables como sorprendentes. Estamos ante un problema global que perjudica a la especie humana y ésta es, a su vez, su agente propagador, lo que sitúa al turismo como una de las principales actividades de riesgo. Nada depende de tí o de tu comunidad. Basta que controles sus efectos en las islas para que el tímido retorno de turistas se frene porque se confinan los países emisores. Y a todo esto, tras siete meses sufriendo sus oleadas, seguimos esperando los controles en los accesos a las islas, y sin protocolos claros en la UE, mientras en las antípodas (Asia-Pacífico) vemos la tecnología aplicada al control de los desplazamientos para acabar con los contagios. O lo que es lo mismo, blindando sus fronteras para intentar controlar el problema y con la imposición de severos controles para frenar su importación. Y así será mientras el virus viaje libremente por un mundo incapaz de ponerse de acuerdo para cuidar su salud. Tan mal y tan egoístamente se ha hecho todo que “este ir y venir del carajo durará toda la vida”… Aunque en esta ocasión no se trate del cólera, ni de amores imposibles.

Desde un principio, hemos visto cómo se frena y controla la pandemia, sobre todo en nuestro Archipiélago, pionero en casos de portadores extranjeros y de cuarentenas, gracias al hecho insular. Sin embargo, se coló ampliamente con el retorno de familiares y amigos que llegaron de Madrid, cuando se cerraron las universidades pero no se confinó a la población para evitar la propagación por otras CCAA, contagiando a familiares y amigos. Lo vimos y lo sufrimos, pero no hemos puesto, aún, en marcha las medidas para librar a la población isleña del virus, ni para evitar que el turismo que pueda venir sea un riesgo sanitario.

Asimismo, a pesar del sorprendente repunte de agosto, los datos de la incidencia acumulada en las islas son los mejores -los más bajos- del Estado. Una situación que abría esperanzas para la recuperación de parte de la actividad económica principal de las islas: el turismo. Entre las causas de la reducción de la pandemia en las islas podríamos citar el clima, la insularidad y el modelo de urbanización turística desarrollado en Canarias que, junto a otros motivos, son las principales fortalezas de nuestro archipiélago como refugio para el turismo (y no me refiero al de ‘perritos calientes’) frente a la pandemia. En la mayoría de los casos, son los propios turistas los que valoran en primer lugar poder disfrutar durante el invierno de un destino donde se disfruta del aire libre con temperaturas agradables. De hecho, los expertos afirman que evitar espacios cerrados, mal ventilados e insalubres frena los contagios y, por ende, Canarias se ha convertido en objeto de deseo de quienes superan el miedo a viajar para huir del frío, el confinamiento y una escalada de contagios preocupante.

Puede que este clima sea el causante de la menor incidencia de contagios en las islas y que, por ello, Canarias ha podido evitar las restricciones impuestas en el resto del Estado español junto a muchos países europeos. Una demostración de que en determinadas condiciones el virus no es tan contagioso, si se actúa con responsabilidad. Es, incluso, controlable y hasta se le puede aislar y hacer desaparecer porque no encuentra portadores para sobrevivir y propagarse. El mar también lo aísla.

Por ello, el principal objetivo ha de ser localizar y frenar el virus. Se puede. Y a partir de ahí, imaginar fórmulas para salir del coma económico que la pandemia está produciendo en el turismo, un sector que puede continuar, reinventado, mientras se activan fórmulas o actividades económicas que crezcan paralelas al turismo para equilibrar su peso entre las actividades económicas.

El asunto es que se debe controlar el turismo en origen o en entrada, si acaso permiten a los extranjeros salir de sus países. Y, si les dejaran… ¿Puede convivir la lucha contra el virus con el turismo? Yo creo que sí, aunque primero habrá que ver qué turismo y de dónde (no a cualquier precio), cuándo (especialmente en la temporada alta), dónde (porque su localización en las zonas turísticas facilita el rastreo), por qué vienen (evidentemente para huir del frío y posiblemente para realizar actividades de ocio) y, sobre todo, el grado de acuerdo, compromiso y responsabilidad de la población local.

Además, pensando en las zonas turísticas que tenemos en las islas, curiosamente, una gran parte de las urbanizaciones ofrece unas características favorables para ese aislamiento del Covid-19, al tratarse de complejos turísticos de bungalows con amplias zonas ajardinadas y hoteles con grandes espacios abiertos para su clientela. Nada que ver con destinos como Benidorm, donde apostaron por rascacielos y altas densidades de población que ahora son poco atractivos para las vacaciones pos Covid-19. Aunque es cierto que en las islas hay una parte de la planta alojativa que tendrá que mejorar sus instalaciones para facilitar la distancia física, ya sea porque el mercado lo exija o que implanten unas recomendaciones y una posterior reglamentación (si no lo hacemos nosotros espero que lo imponga la UE) para que las edificaciones sean saludables. Y en eso nosotros somos unos afortunados y gozamos de una ventaja que no debemos poner en riesgo tirando precios. Más bien deberíamos revalorizarnos ante la falta de una competencia que supere nuestras ventajas. No obstante, es necesaria la reconversión de la planta que presente más deficiencias y controlar todas las vías de posibles rebrotes. Y no por el turismo, sino por nosotros y por nuestro porvenir.

Las debilidades de nuestro destino están en el control de entrada. Siempre han estado ahí, como hemos repetido desde que comenzó la crisis, pero seguimos sin hacer lo suficiente porque el Estado no nos lo permite, AENA no quiere cambiar sus tiendas por zonas de seguridad Covid-19, y Madrid queda perimetrada por tierra pero los aviones pueden llegar a Canarias.

Encima hemos de esperar al día 14 para implantar el control con pruebas a todo el que entre, una medida que se puede realizar mucho más fácilmente en nuestras islas que en territorio continental. Un paso que nos podría permitir la erradicación del virus como ha hecho Nueva Zelanda, que lucha contra la entrada de nuevos contagios.

Además del control, otra amenaza que va más allá de lo local es el cambio climático, cuyos efectos negativos deben ser una preocupación prioritaria y Canarias debe unir su voz a los territorios más afectados por sus efectos. Ésta es la mayor amenaza a nuestro destino, a nuestro clima que nos ha convertido desde hace 150 años en destino saludable y, particularmente, líder turístico en invierno.

Otra amenaza (ya en marcha) es que los países emisores decidan confinarse, encerrarse, y no permitir la salida de su población al extranjero. Ante esta posibilidad sólo cabe concretar y consolidar los ‘corredores seguros’. No olvidemos que el fenómeno turístico se ha convertido en la segunda residencia para numerosos europeos que difícilmente van a renunciar a la posibilidad de cambiar su clima por el de Canarias, ya sea con alquileres de apartamentos o habitaciones de hotel durante estancias que podrían ser cada vez más largas y con mayor índice de reincidencia. No es novedoso, pero la pandemia nos retrotrae a cuando los turistas optaron por disponer de un territorio como residencia climática, creando las instalaciones de salud que hoy recordamos como el Centro Helioterápico, los balnearios, Svenska re, Vintersol, o el gran spa natural que es el litoral de las islas, donde hoy proliferan centros de spa y talasoterapia. Pero no olvidemos que esta forma de neocolonialismo no ha solucionado los problemas sociales de una comunidad en la que parte de la población isleña vive en barrios con densidades de población que multiplican las del sur turístico, con masificación en el transporte público y en espacios públicos, pero en absoluto comparable con otros destinos más económicos que, por otra parte, no tienen la seguridad y garantías de pertenecer a la Unión Europea.

En definitiva, tenemos varias zonas turísticas que albergan a los visitantes, a los que hay que sumar la población residente y la población de servicio que, normalmente, reside en otras zonas más económicas. Esta población que viene y va es también cuantiosa, ya que el turismo da trabajo al 40% de nuestra población. Pero las incertidumbres son enormes, aunque las amenazas y oportunidades para Canarias podrían ser halagüeñas, pero para ello habrá que ver si la clase política está a la altura de esta situación, ya que hay muchas personas que consideran que el turismo es el apestado, el origen de casi todos los males y de ahí que en el “Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia” del Gobierno español se hable más de la España vacía que del turismo, de la España que quieren repoblar mientras se convierten en ciudades fantasma las zonas turísticas del país que desde 1960 han permitido conseguir divisas y elevar la renta nacional. Esperemos que se corrija.

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