El tren delantero

Santiago Gil //

Todo tiene sentido. Siempre. A veces hace falta que te avisen con palabras, con caricias, con gestos o con una mirada. Reaccionamos a la belleza y al cariño.

Y quien no reacciona es porque no ha encontrado jamás esa mano amiga que le ame o porque no ha tenido la suerte de leer para saber que hasta los nudos más complicados se terminan desatando milagrosamente. Yo he aprendido mucho de la vida leyendo a Emilio González Déniz.

Me acerqué a su obra hace treinta años y luego he tenido la inmensa suerte de conocer al autor y de descubrir que su obra no es más que consecuencia de su bonhomía y de su mirada diaria a la vida que encuentra por las calles.

Emilio ha presentado estos días la edición digital de su última novela. Se titula El tren delantero y la publica en ATTK Editores. Leemos en pantalla y en papeles y los que escribimos también solemos movernos en ambos formatos con la misma naturalidad.

Por eso no entiendo los debates. Y me gusta el reto de Emilio con una novela erótica en versión digital. Ya luego habrá ediciones en papel más adelante, pero de entrada su obra se universaliza y la pueden comprar en Nueva York o en Tokio desde el momento en que sale de esa carpeta en la que suelen reposar las novelas antes de ser salvadas o borradas para siempre por no pasar la criba del tiempo. Acabo de escribir novela erótica.

Tendría que haber escrito novela. Los subgéneros y las etiquetas son casi siempre reclamos publicitarios.

Pero lo bueno es que en esta novela, el autor de obras maestras como Hotel Madrid o Bastardos de Bardinia, se adentra en historias que discurren paralelas y que intercambian señales hasta complementarse como mismo se va completando el rompecabezas de nuestras propias vidas con el paso del tiempo.

La novela tiene una música reconocible desde el primer párrafo, un tono casi cinematográfico que te va enredando con sus ritmos y sus imágenes. Viene de muchas historias que confluyen en la misma trama como confluyen esos ríos que arrancan de diferentes cordilleras para encontrarse en un mismo océano en el que cabe todo lo que uno quiera soñar mirando al horizonte.

No es fácil escribir novelas en unas islas en las que ya sabes de antemano que la cultura importa menos que cualquier pachanga deportiva o seudomusical de fin de semana, en una sociedad de políticos mayoritariamente ágrafos y de empresarios que casi presumen de su incultura. Emilio ha escrito como un galeote todos estos años aun a sabiendas de esas circunstancias.

Y seguirá escribiendo. Y los que vinimos luego le agradecemos esa constancia y ese empeño en apostar por la literatura más allá de las etiquetas o de esas modas que han visto entrar y salir a tanto genio de paso por la república de las letras. Y nos queda su generosidad. Y todos los libros que quedarán cuando de nosotros solo queden las cenizas del recuerdo.

Ciclotimias

Cada verano parece siempre un tiempo nuevo.

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