El día que invité a desayunar a Georgie Dann

Por Mingo Roque //

Mingo Roque

Era un artista instruido y profesional que entendía y valoraba la creatividad de sus músicos, compartiendo hotel, mesa y conversación con todos

Me sorprendió con una banda de primerísimo nivel, generosos músicos y excelentes compañeros, destacando el maestro de la batería, Tino Duarte, entre otras figuras

Muy honestamente reconozco, convencido de que no sorprenderé con ello a nadie que me conozca un pizco, que, como músico de jazz intentando ejercer como tal y vivir de ello en Madrid en los años 90’, ninguna oferta de trabajo más alejada de mis propósitos había imaginado recibir como la de acompañar la gira de “la canción del verano”. Pero yo era un músico de jazz intentando ejercer como tal y vivir de ello en Madrid en los años 90 del pasado siglo.

Para entonces ya había conseguido tener la inmensa satisfacción de cumplir con algunos de los sueños que tenía cuando estudiaba música y descubría la infinita magia de la armonía, como compartir escenario con músicos de tan gran talla como Jorge Pardo, Chucho Valdés o Perico Sambeat, a los que escuchábamos mi hermano Santy, también músico, y yo, con nuestras adolescentes bocas abiertas, preguntándonos si algún día podríamos, justamente, tocar junto a aquellos monstruos, o grabar una entrega del mítico “Jazz entre amigos” de TVE que veíamos y atendíamos, cada semana, con pasión y avidez desde la lejana Gran Canaria. Pero la cuestión era que la realidad se imponía y el alquiler no entendía de tendencias musicales, ni mucho menos de sueños adolescentes. Y así fue que acepté el trabajo: girar con Georgie Dann.

La vida, que tiene formas curiosas de darte lecciones, me sorprendió en primer lugar con una banda de primerísimo nivel, generosos músicos y excelentes compañeros (escasa y torpe mi memoria recuerda al maestro Tito Duarte a la batería y a todas y cada una de las caras, sonidos, voces y risas del resto de aquellos grandes profesionales) con quienes me divertí en el escenario, en la guagua (allí el bús) y en la cansada convivencia de las giras.

La otra sorpresa fue el propio Georgie Dann, que resultó ser un artista instruido y profesional que entendía, valoraba y permitía la creatividad de sus músicos, y que compartía hotel, mesa y conversación con la banda al completo. Con la sencillez de un compañero te invitaba a su casa, a su sofá, hacia el que Emily, su compañera de vida y madre de sus hijos y, entonces, también compañera de todos en el coro de la banda, se acercaba enseguida con el café y unas pastas (todavía muy de moda por aquélla época) con la naturalidad de unos hospitalarios y cariñosos amigos. Y cuando en casa escuchaba música, escuchaba jazz, algo que yo tampoco hubiera imaginado a priori (otra sorpresa), aún siendo Francia uno de los países con más cultura jazzística de Europa.

Después de este trabajo surgieron otros con algunos de los artistas del momento, Bertín Osborne, Caco Senante, Barbería del Sur… con los que durante 20 años fui pagando la costosa vida de Madrid. Y mientras, seguía actuando en aquellos locales de jazz madrileños que no puedo evitar seguir echando de menos y recordando con cariño y anhelo musical: Café Berlín, Café Central, Segundo Jazz, Café Populart… donde compartí con grandes músicos jazzistas lo que había estudiado (y sigo) y sonaba en mi cabeza, y donde tuve el gusto de conocer a admirados maestros como Chano Domínguez o Paco de Lucía.

Tal vez por ser músico profesional o quizá por ser magnífica persona, o seguramente por ambos motivos, Georgie Dann fue el único de entre aquellos artistas a quienes acompañé en aquella etapa de mi vida que absolutamente siempre demostró respeto profesional y personal a su equipo, entre el que orgullosamente digo que trabajé durante dos años de mi vida en Madrid, y del que conservo en mi memoria muy bonitos recuerdos de muchísimos conciertos repartidos por tantos kilómetros de la Península. Ningún otro intérprete o grupo de pop con el que trabajé después me demostró la misma humanidad, implicación y compañerismo, además de gran profesionalidad, aún con algo, disculpen si me reitero, tan alejado de mis propósitos musicales (aunque tampoco mucho más que el resto).

Y en estos días en que he sentido sinceramente su pérdida y recordaba mil y una anécdotas, con las que no me atrevería a aburrirles, de aquellas giras que, sorprendentemente (otra vez la vida), resultaron divertidas y en las que, por supuesto, también aprendí, sonreí rememorando una mañana en que tuve el humilde impulso de pagar el desayuno (aún considerando el trabajo bien pagado, no podría haberme permitido invitar a cenar a toda aquella banda, coristas, bailarinas, técnicos…).

Sonreí recordando su cara de grata sorpresa (y la de Emily) preguntándome incrédulo: “¿Vas a pagar?”, acostumbrado como estaba él, a costear incuestionablemente todas las necesidades de la gira. Sonreí y me alegré de haberlo hecho.

Humanidad genera humanidad, generosidad genera generosidad y respeto genera respeto. Mis respetos, Sr. Dann, un placer haberle conocido.


* Mingo Roque es pianista de jazz

* Artículo remitido por el autor y publicado previamente en La Provincia

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