Chubascón

Santiago Gil  //

Vegueta. Las Palmas de Gran Canaria. Ocho de la mañana. Primeros días del mes de julio. Panza de burro. Viento. Llueve mansamente. Todos maldicen el clima sin recordar que ese clima es el de todos los años. Esas mismas nubes estaban antes de que aquí viviera algún ser humano. Y seguirán estando cuando nos vayamos todos. Lo saben los volcanes. Las palmeras. Los dragos. Las aulagas.

Esa llovizna moja los adoquines de Vegueta como mismo mojaba la tierra del barranco Guiniguada hace unas décadas. Todos los años se repite la misma queja. Y nos olvidamos de la canícula de muchas ciudades de la Península. Y no nos damos cuenta de que a pesar del frío y la humedad esa nube nos mantiene vivos. Miramos hacia las alturas soñando celajes azules. Y el azul está siempre más arriba. También lo saben las gaviotas. Y las palomas. Y todas esas aves que se detienen en estas costas cuando viajan entre dos continentes o vuelan persiguiendo atavismos sobre el Atlántico.

El otro día venía con mi hija de cuatro años a las ocho de la mañana. Por Vegueta. Y yo me volví a quejar del tiempo cuando empezó a lloviznar. Ella me miró. Me pidió que le explicara lo que era la panza de burro. Utilicé sinónimos y símiles. Jugué con las metáforas. Me moví entre ejemplos. Abrimos los paraguas pero yo ya sabía que los paraguas no detienen esa lluvia que mueve el alisio como si esparciera arena sobre un gran cono volcánico. Se quedó en silencio y miró hacia las nubes negras. También observó el agua que venía desde todos los puntos cardinales. Pronunció una palabra.

Ella no sabía que era nueva. Que era una palabra que no existía. Pronunció Chubascón. Mezcló chubasco con nubarrón. Yo le dije que esa palabra era inventada. Ella me miró sin saber  que todos los idiomas los inventamos cada vez que los pronunciamos.

Unimos imágenes. Recuerdos. Imantamos vivencias y rebuscamos entre la sonoridad de algunos delirios. Somos símbolos. Trazos. Nombres. Destinos que además de sombras dejan ecos de palabras que seguirán sonando más allá del tiempo y de todos los abismos. Esa lluvia que caía formaba pequeños charcos en los que se reflejaban los viandantes como si fueran aquellas figuras creadas por Giacometti.

Tal vez algún día, cuando ya no estemos, reconozcamos ese eco lejano siendo aire, espuma o silencio. Dejamos sombras y dejamos ecos. Y luego nos marchamos como esas nubes que pasan sobre nuestras cabezas. Y quedará esa misma panza de burro y esas nubes que oscurecen el verano.Y seguirán danzando las cimbreantes palmeras y también las hojas de los dragos centenarios. Apunto en un papel como apuntaba Machado en su cartera la gracia de una rama verdecida. Anoto Chubascón. Una palabra nueva. Como esa lluvia que limpia el aire que respiras para que parezca que tú también estrenas el mundo cada día.

Ciclotimias

También quedan sombras entre las vivencias que nunca acontecieron.

 

 

 

 

 

Si continúa navegando, acepta nuestra política de cookies    Más información
Privacidad