Acusa, la fe en la presa y la campana rajada

  • «Hay una isla interior y misteriosa, donde aparece y desaparece la memoria, durante largas sequías que convierten las precipitaciones en nostalgia y sed», escribe Míchel Jorge Millares en su segunda entrega de la serie “Baúl del lector”. [En PELLAGOFIO nº 101 (2ª época, noviembre 2021)].

Por MÍCHEL JORGE MILLARES
Periodista

En lo más recóndito de la isla se encuentra la meseta de Acusa. En el centro de la tempestad petrificada, el gran anfiteatro de la naturaleza grancanaria, altar rodeado de montañas sagradas. Ahí hay una isla interior y misteriosa, donde aparece y desaparece la memoria, silenciosa, durante las largas sequías que convierten las precipitaciones en nostalgia y sed.

En otras ocasiones, el espacio se llena de sonidos que corretean creando una sinfonía que finaliza con el apoteósico tronar del aliviadero, el pálpito que hace sentir la presa llena, rebosante. El agua embalsada es la vida, el alma del paisaje, luz del sol que refleja su alegría en la mirada, justo donde la isla no tiene mar en el horizonte. Donde surgen destellos que podrían llegar de la misteriosa Mafasca majorera en la cumbre, creados por la ingeniería transformadora del paisaje. El gran depósito hidráulico que guarda recuerdos ocultos bajo el tesoro líquido. Aunque no era una vida fácil y bucólica. Daba para sobrevivir rodeados de subdesarrollo. Y la presa ayudó.

Gran Canaria profunda y sorprendente
El continente en miniatura tiene su Gran Canaria profunda y sorprendente, donde permaneció también de incógnito la cueva de Risco Caído, hasta que José Montelongo, Pilar Ramos y dos primos, la reencontraron y le comentaron las curiosidades de esta cueva a Julio Cuenca, quien desató las curiosas figuras y el juego astronómico de su cúpula, rápidamente declarada Patrimonio de la Humanidad. Sus posibles usos desaparecieron con el tiempo. Puede que siglos. Y también, según el tiempo meteorológico, resurge la ermita de Acusa que hace apenas cinco décadas quedó sumergida en el vaso de la presa de Candelaria.

En años de sequía, emerge bajo el agua la historia a través de las ruinas del templo, una invitación a margullar en el pasado

Pero no fue a perpetuidad. En años de sequía, emerge bajo el agua la historia a través de las ruinas del templo, una invitación a margullar en el pasado, no muy lejano. Imaginar momentos irrepetibles en los restos de una edificación que tiene 300 años de historia, aunque la ermita tuvo su origen en 1675. La actual fue construida en 1967 y varios vecinos trasladaron la cruz y la campana, que estaban en la fachada, junto a diversas imágenes del interior y las dos hojas de las puertas de tea (recientemente restauradas por el Cabildo y que expuestas en la actual iglesia de Candelaria), antes de ser sepultada por las aguas por primera vez en 1969.

Momento congelado
Y aquí, el momento congelado, documentado fotográficamente por un autor anónimo. Un domingo de ramos de los años 60, durante la misa. Niñas con la cabeza cubierta con pañuelos, a modo de mantillas, en la entrada del templo con su pequeño patio. Pueblo humilde, campesino, aparceros emigrantes sin patera hacia las costas de la isla, a cultivar la zafra. Tomates, pepinos, pimientos, berenjenas… todo para el Canary Wharf. Y luego llegó el turismo y desapareció en el olvido aquel patio de encuentros y taifas. La Gran Canaria vaciada.

La campana se rajó dejando un tañido más próximo al cencerro que al cimbal y así doblan ahora las lluvias

La ermita, casi tan antigua como las moradas en cuevas de sus parroquianos, también era austera. Salvo en la tea de sus puertas y la cruz. Joyas de vegetación de un territorio talado. La explotación del pinar fue terrible durante siglos, hasta que las presas posibilitaron la reforestación del pinar y de otras zonas. 170 presas. Tanta indulgencia con la destrucción de la naturaleza costó a la ermita ser hundida en Candelaria. Una obra de captación, una muralla para el tesoro de aguas milagrosas capaz de frenar la despoblación humana y de pinar, la erosión de la isla, de su piel hasta su alma… Aunque su aprovechamiento depende de la incierta lluvia. Pero sus hacedores (el Cabildo y el ingeniero Adolfo Cañas), levantaron el muro y se inundó el pequeño barranco.

Anegado
El agua anegó el lugar de culto y encuentro social, junto a los nacientes, la construcción sin espadaña, dominada por una cruz, con una humilde ojiva como contrapunto sonoro a la pared frontal que, en su nueva ubicación en la iglesia de Candelaria, suena como un sacho, clon-clon. Traída de Cuba en 1862, cuando se trasladó en 1967 antes de que la presa inundara la vieja ermita, el vecino que la portaba resbaló y se cayó. La campana se rajó dejando un tañido más próximo al cencerro que al cimbal. Y así doblan ahora las lluvias, en esa plegaria a la naturaleza isleña en una presa que también hace clon-clon por una grieta.

La ermita, cuando reaparece, recuerda que necesitamos que llueva para que las ruinas vuelvan al olvido, a cambio de la reserva temporal de agua.

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