Paisajes temáticos del 0 turístico en el sur grancanario

Por Míchel Jorge Millares

Estos meses he estado siguiendo con atención los tuits del periodista Txema Santana, quien nos resumía, orientaba y aconsejaba con su reporte diario de casos y cosas del coronavirus isla a isla, un añadido a su constante actualización y esclarecedora información de la llegada de inmigrantes a Canarias, a riesgo de sus vidas. El tuit de este fin de semana era muy alentador y narraba una situación privilegiada como la que estamos viviendo en estos momentos de fase 3 de la ‘desescalada’, siendo protagonistas los residentes del reencuentro con todo ese mundo creado para el turismo y los turistas, hasta que llegó la Covid-19. Por ello, Txema señala que el drama económico que supone la ausencia del turismo internacional ha permitido durante un breve periodo disfrutar de un placer desconocido para casi todos «un lujazo». Y así lo pueden comprobar.

Ha sido una visita -gratuita- a un enorme parque temático que se repite por distintas zonas de las islas. Ciudades para el ‘choni’ o ‘chone’, como llamamos a los extranjeros en las islas con este vocablo que figura en el Léxico de Pancho Guerra, quien señala que su origen “debe estar en el nombre británico Jhony. Todos los nativos de la Gran Bretaña, lo mismo los de la extensa colonia insular que los de tránsito, son para el isleño «Jhonys» o chones. Lo curioso es que suele generalizarse alegremente llamándose chone a cualquier extranjero con rubia pinta de tal”. Y así tenemos esos espacios del souvenir y la ficción de un paisaje idealizado como escenario para la industria turística. Una industria cerrada, a cal y canto durante meses, sin hoteles, bares, tiendas, parques acuáticos, con la flota amarrada y los zifios disfrutando de la tranquilidad imprevista y desconocida durante décadas. El turismo azul prácticamente paralizado, sin aviso de temporal. Las hamacas separadas como si fuese la zona VIP de un complejo hotelero. Y una playa de postal con unos privilegiados bañistas por la arena o el lento paseo sobre la tabla de paddle surf. Estampas de la nueva normalidad de transición hasta que comiencen a llegar visitantes de otras regiones, países, continentes. Pero como buen parque temático ha de tener su merchandising y no hay imagen mejor que estas playas regidas por el distanciamiento.

Puerto Rico tiene unos 4200 habitantes y 13000 camas turísticas (ofertadas en 2019), casi un 20 % más que en 2009 de alojamientos en tan solo una década. Construido sobre riscos, su playa artificial y sus dos puertos son el atractivo de esta ciudad para el turismo de apartamentos y con una oferta de ocio comercial que ha estaba viviendo una transformación sorprendente. La creación de dos grandes centros comerciales en menos de un año, había creado un atractivo y obligado al histórico centro comercial a iniciar su reconversión. Atrás quedó el proyecto de delfinario, el parque acúatico de La Atlántida.  y a ese porvenir comercial contribuye la mejor comunicación que ha impulsado el conjunto de naves comerciales e industriales y supermercado, reconvirtiendo aquel Motor Grande que abastecía de agua a los cultivos que cubrían el cauce del barranco hasta la orilla de arena negra. Hoy Motor Grande tiene su zona comercial e industrial, las dependencias de la Guardia Civil, instituto… Todo el equipamiento que durante décadas se ha creado paralelamente a la urbanización y, sobre todo, con un notable impulso tras la creación de la autopista que ha dejado casi sin uso la antigua carretera de la costa.

Pero lo curioso en estas fechas es el paisaje casi desierto, con neveras y mesas cubiertas de polvo, piscinas que pierden su brillo por aguas estancadas que son invadidas por musgo a falta de limpieza y de renovación del agua, junto a fachadas y escaparates que muestran el cierre temporal y por sorpresa que se produjo a mediados de marzo, con la consiguiente repatriación de los millares de turistas que se encontraban en las islas y, paralelamente, la cancelación de las reservas previstas. Pero ya todo pasó y comienza a volver, tímidamente, el movimiento a estas zonas.

A falta de turistas, este público que curiosea por los paseos, muelles y calles de estas ciudades abandonadas, observa atónito cómo desapareció la vida bulliciosa del turismo al que nos habíamos acostumbrado. Ya no hay aglomeraciones. Los aparcamientos azules son espacios para pasear y aparcar sin problema. Las tiendas y restaurantes de algunas zonas reabren y sus trabajadores se muestran sorprendidos por la ‘gran’ afluencia de público que se produce llenando las terrazas que se extienden por espacios más amplios y menos abigarrados, con .

Son turistas o visitantes esporádicos, pero no todos los comportamientos son de turista. Primero porque el turista contrata un espacio por un tiempo para disfrutar sin molestar, sobre todo si tenemos en cuenta la edad media de nuestros visitantes. Pero el isleño suele acudir de paseo o de playa. Desconoce en muchos casos el código ético no escrito del turismo mundial que requiere hospitalidad y reglas de convivencia. De hecho, durante años, se ha tratado al residente (y con razón por la actitud de algunos) como ‘los rusos’, con un cierto desprecio por los hábitos poco justificables de la invasión con todo tipo de artilugios, escándalos y exceso de ocupación de los apartamentos que eran ocupados por ‘hordas’ de isleños que creían que el turismo era un asadero desenfrenado. Una especie de ‘Resacón en Las Vegas’ pero sin el glamour de neón del paraíso del juego y el entretenimiento.

‘Los rusos’ no son mayoría, ni tan siquiera un número significativo, pero son muy ruidosos y se dejan notar arrojando mascarillas, latas vacías, el envoltorio de las hamburguesas, los vasos de papel con sus pajitas, la bolsa de papel… Porque probablemente estos ‘rusos’ no atienden a los llamamientos publicados en los idiomas comunes de la Unión Europea, incluido el español, donde se insta a que los objetos sean depositados en los cubos que se encuentran repartidos por toda la ciudad turística. Son muchos los comportamientos que caracterizan a los ‘rusos’ que podrían echar por la borda el esfuerzo de recuperación de la imagen turística de nuestras islas. Por ello, es necesario promocionar la isla, pero entre los isleños, que sepan la fortuna que tenemos y el riesgo de perderlo todo por no tratarlo con el cuidado que merece.

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