Los saltimbanquis y el planeta

Por Santiago Gil

Escribir es intentar descubrir lo que escribiríamos si escribiésemos. Eso lo dijo la gran Marguerite Duras. Y así creo que vamos trazando los días cuando nos ponemos a escribir tratando de entender lo que no entendemos aunque creamos que lo estamos viendo todo claro.

En este presente tan proteico y tan vertiginoso, tan raro, y también tan caótico, vemos cómo transitan las cifras de muertos y las pandemias que ahora parece que están en países lejanos cuando las seguimos teniendo delante de nuestras puertas.

También escuchamos a todos esos expertos que un día dicen una cosa y al siguiente justo la contraria sin ruborizarse, como ya no se ruborizan los políticos cuando mienten. Y en el fondo de esta gran comedia diaria está el planeta, el que estaba antes de que llegáramos nosotros, el que nos vio saltar de árbol a árbol y luego nos encontró pintando la Capilla Sixtina o componiendo sinfonías que trascienden mucho más allá de lo que vemos.

Y están todos esos animales que se acercaron a nuestras ciudades o que volvieron a las orillas de las que se habían alejado hacía décadas, aquellos zifios que nos enseñaban delante de las playas y de los muelles que no podíamos ver nada más que en imágenes porque estábamos encerrados entre cuatro paredes.

Pero parece que nunca hemos estado encerrados, que no ha habido ni miedo ni muertos; parece como si no hubiera pasado nada cuando sales a la calle, y además compruebas que no hemos aprendido nada de ese respiro necesario que vivió el planeta.

Cada día encuentro más mascarillas y más guantes tirados en las calles, en las cunetas de las carreteras o flotando en ese mar que poco a poco volveremos a convertir en un gran estercolero, y si el mar se enmierda, nos enmerdaremos nosotros para siempre, sí, estos que ahora parece que están sanos y salvos, que se vuelven a creer eternos, que meten goles en estadios vacíos con vítores falsos que aclaman a esos héroes que vuelven a ser héroes por golpear un balón, mientras que los otros héroes, los que nos salvaron, vuelven a estar saturados de trabajo y sin cobrar lo que realmente merece ese esfuerzo diario para seguir salvando vidas y cuidándonos.

Los egos de los humanos son así de ingratos y de contradictorios, y así supongo que nos extinguiremos, matando al planeta para que, entre virus, humos y armas químicas, nos vayamos yendo a ese olvido del que vinimos también sin darnos cuenta. José Emilio Pacheco escribió que  ocupamos el puesto en el mercado/ que dejó el saltimbanqui muerto./ Y pronto nos iremos y otros vendrán/ con su “yo” por delante. Ese yo es el nuestro, el que ahora mismo no tiene más conciencia que el de la mentecatez y la idiocia. Ese poema está en un libro titulado Los trabajos del mar. Cuando ya no estemos, me consuela  saber que ese mar volverá a ser tan azul como cuando nos alejamos unos días de la orilla queriendo salvar la misma vida que ahora arriesgamos como chuloplayas pendencieros.

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