Los espejos de Triana

Santiago Gil

Uno busca espejos donde siempre los hubo. Durante muchos años, cuando caminaba por Triana, miraba disimuladamente hacia los espejos de la antigua librería Rexachs.

Y esos espejos los he ido buscando luego por las distintas ciudades en las que he vivido, como si uno tuviera que verse reflejado, aunque solo sea unos instantes, para saber que efectivamente existe y que no es un fantasma que da pasos por la calle creyendo que camina hacia alguna parte.

Recuerdo mirarme de soslayo en esos espejos de Triana cuando iba camino de alguna de las primeras citas amorosas, posiblemente andando hacia salas de cine que ya no existen. En esos momentos, joven e inseguro, miraría que la camisa estuviera bien estirada o que el pelo mantuviera los rizos con el desorden que buscaba.

Luego fueron pasando los años como sombras que caminaban cada vez más deprisa, sin saber que se estaban quedando para siempre en esos reflejos momentáneos, como mismo nos quedamos en el fondo de los charcos en los que alguna vez buscamos el horizonte infinito de nuestra propia mirada.

Esos espejos sabían de la vida de miles de personas que transitaban ante ellos, de otros muchos jóvenes enamorados, de los temerosos pasos antes de algún examen importante, de la desazón por lo perdido o de los sueños que llevaba cada caminante en su magín, creando en su propia cabeza un mundo inventado sin saber que, casi siempre, uno encuentra justamente los mundos que va soñando.

Estos días somos muchos los que paseamos por Triana y buscamos ese reflejo fugaz como lo hicimos muchas veces con disimulo, como si no miráramos cuando casi saludábamos a nuestro doble. Desapareció Rexachs, otra añoranza para esa calle cada día más llena de franquicias, con los mismos comercios que cualquier calle peatonal del mundo.

Ya cuando viajas, casi evitas las zonas comerciales para tener la sensación de que realmente estás en un sitio diferente al de tu paisaje y tu transitar diario. Por eso, cuando caminamos por las calles de toda la vida, o regresamos a esas ciudades en las que vivimos, andamos como despistados transeúntes que vamos buscando más lo que siempre estuvo que todos esos escaparates con las mismas maniquíes en todas partes.

Ya ni siquiera te puedes enamorar de una maniquí de cartón piedra como en aquella canción de Serrat porque ahora son todas iguales y visten de la misma manera. Todavía en Madrid sí están los espejos en el callejón del Gato, justo al lado de la plaza de Santa Ana.

Allí concibió Valle el esperpento, ese reflejo que nos deforma y que nos alarga o nos encoge como si fuéramos figuras de Giacometti andando en medio de la nada. En Triana, cuando camino, creo que sigo reconociendo a todos los que fui detrás de ese cristal en el que un día nos mirábamos reconociendo nuestra propia presencia.

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