Las mariposas

Santiago Gil

Recorren unos doce mil kilómetros y atraviesan dos veces el desierto del Sáhara. No son albatros, ni aviones equipados con la última tecnología. Todo ese recorrido lo llevan realizando desde hace miles de años las mariposas. Ahora sabemos que esa variedad parecida a la monarca se llama Vanessa de los Cardos. Estos días las hemos visto volando por todas partes en la isla de Gran Canaria.

El viento, el azar o las propias corrientes que mueven a la belleza las desviaron de su ruta habitual. En cualquier jardín, en un parterre en medio de una vía atestada de coches, en los barrancos, allá donde mires solo ves mariposas de colores, y eso, estando como están los tiempos que aparecen en las pantallas, es un regalo de los dioses, una suerte suprema, un premio ante tanta fealdad y tanto ruido absurdo de sirenas o de soflamas electorales. Cuantos más vuelos de mariposas logres salvar en tu memoria, más veces lograrás salvarte del hastío y del bostezo.

Una mariposa detiene el tiempo en su vuelo, revolotea con sus colores en medio de la nada, como si desafiara la gravedad todo el tiempo, arriba y abajo, veloz, pero al mismo tiempo pausada y serena, hasta posarse en una especie de éter invisible en el que exhibe sus alas y el color rutilante de su presencia, esa sutil levedad que va dejando una especie de polvo de estrellas por donde pasa.

Uno agradece a la vida y a los vientos esta invasión de mariposas ante la que casi todo el mundo pasa de largo pendiente de la pantalla del teléfono o de la luz de los semáforos. Nos hemos olvidado de lo real, que es casi siempre lo poético, y pasamos de largo por donde realmente se eterniza la existencia. Preferimos las otras vidas lejanas, los documentales de otros continentes y hasta la virtualidad que viven quienes se encierran solo para asomarse desde lejos a las cámaras.

Solo los niños se detienen siempre ante la presencia de una mariposa, y ya cuando se juntan muchas como estos días también reaccionan algunos buscadores de belleza; pero son pocos, sigue siendo una minoría, como quienes se acercan a ver a un atardecer en Las Canteras o en Agaete. Habrá un día en que hagamos recuento de nuestra vida y descubriremos que casi todo aquello que nos alejaba de los atardeceres valía realmente poco, como vale poco lo que vemos si lo comparamos con el esfuerzo migratorio de esas mariposas que, además, llenan de color nuestros jardines y nuestras calles cada vez con menos flores y menos árboles.

Las mariposas llegan en silencio, sutilmente, como si formaran parte de un mundo paralelo que logramos atisbar unos instantes, y así se van, camino del desierto, atravesando nubes que también se pierden silenciosas donde parece que nunca sucede nada, en ese azul en el que alguna vez intuimos que se escribe la eternidad mucho más allá de nuestras existencias.

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