La serena mirada de un buscador de sueños

Santiago Gil  //

 

Uno no sabe nunca cuándo llegan las despedidas. Nos saludamos apresuradamente todo el tiempo, como si nos fuéramos a seguir viendo, así vivimos, también con la mendaz, y quizá necesaria, creencia de que volveremos a estar en los mismos lugares y con las mismas personas una y otra vez, siempre que lo deseemos. 


Es lógico ese atavismo de supervivencia en un escenario que nos quita tanto tiempo en tantos lugares y con tanta gente que no nos aporta nada interesante. Por eso, cuando se va alguien que sí ayuda a que nuestro tiempo sea más intenso, una de esas personas creativas, vivaces y serenas que logran que no nos adormilemos en ninguna certeza, nos asomamos otra vez a ese abismo que no entendemos y que está siempre ahí, delante de nuestros ojos, para que no olvidemos la esencia de la vida, su condición efímera y el espíritu aventurero que deberíamos aventar cada mañana.


Ayer se marchó para siempre Manuel M. Almeida, cantautor, periodista, escritor y un hombre al que vi reinventarse muchas veces con esa mirada serena de la que hablaba hace un momento, sin mostrar las medallas de sus logros y sabiendo, como recomendaba Steinbeck que se debe escribir una novela, que el juego de la vida solo se entiende página a página, vivencia a vivencia, hasta que toca alejarnos y despedirnos. Decimos siempre que queda la obra. Manolo dejó mucha obra que nos permitirá seguir escuchando su voz pausada y queda, pero lo que dejamos es como ese polvo de las alas de las mariposas que desaparece con la misma liviandad con la que se vuela de vez en cuando.


Hoy es otro de esos días en los que uno se dice que no va a perder un solo segundo más de la existencia, porque esa es, al final, la mejor enseñanza que nos dejan los que se marchan, aquellos de quienes nos despedimos pensando que podríamos llamar en cualquier momento después de rebuscar en una agenda que cada vez tiene más nombres sin vida. Con Manolo Almeida me quedo tranquilo porque sé que buscó mucho más allá de lo que vemos, donde mismo debe estar ahora, en ese otro plano en el que uno intuye que se eterniza la esencia de quienes transitaron y aprendieron por este mismo camino en el que nosotros seguimos escribiendo sin dejar nunca de creer en la belleza.

 

 

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