La ingratitud

Por Santiago Gil

El olvido puede ser una buena estrategia de supervivencia, pero por más que queramos borrar el pasado, todos sabemos que siempre queda  la pátina intacta de lo vivido, a veces con todos los detalles y otras veces envuelta en esa bruma que se confunde con los miedos y los traumas. Hace apenas dos meses, todos teníamos miedo y salíamos a aplaudir al personal sanitario a las ventanas y a los balcones, pero, de repente, parece como si ese tiempo no hubiera existido y como si la Covid-19 no hubiera pasado nunca por nuestras vidas. Hoy mismo, alguien preguntaba en una red social si realmente conocíamos a alguna persona que hubiera sufrido las consecuencias de ese malhadado virus. Dudaba de la propia existencia de la enfermedad, de los miles de muertos, del sufrimiento, de la hecatombe económica, como si todo hubiera  sido un montaje o una película. También tengo esa impresión cuando salgo a la calle y veo que poca  gente cumple con la distancia recomendada o con la obligación de llevar mascarillas, o cuando encuentro cada vez más guantes tirados en las aceras o en las cunetas de las carreteras, como mismo siguen tirando las colillas.

Hace unas semanas, toda nuestra vida estaba en manos de ese personal sanitario al que dejamos de lado durante años cada vez que nos avisaban del peligro de la reducción del presupuesto y de sus lamentables condiciones laborales. Y ya creyéndonos salvados, como si el virus no estuviera todavía vivo, volvemos a traicionarlos con nuestras conductas, nuestras chulerías callejeras y con todas esas actitudes irresponsables que cualquiera puede ver si sale a la calle. Traicionamos a los que nos cuidan y también a los que se marcharon para siempre. Traicionan los que juegan con las cifras como si fuera un sudoku de domingo y los que olvidan el sufrimiento de muchos días, la asfixia, el desespero por no encontrar aire para seguir respirando de quienes se fueron y de quienes lograron sobrevivir casi de milagro. Y, sobre todo, traicionamos a los miles de profesionales sanitarios que se contagiaron por curarnos y que siguen jugándose la vida a diario, sin que nadie les haya compensado todo ese tiempo en que tuvieron que multiplicarse para salvarnos. Somos ingratos, y esa ingratitud nos puede llevar al caos cualquiera de estos días. Puede que hayamos salido de la Covid-19, que está por ver, pero no hemos aprendido a comportarnos como seres responsables con la salud de todos los que nos rodean, porque en este caso la salud, no solo cuando nos encerramos con el miedo a contagiarnos, entraña un compromiso colectivo y solidario que estamos olvidando de una forma vergonzante. Así somos, y así supongo que iremos complicando la vida en este planeta para nosotros y para los que lleguen más adelante, esa vida efímera que descubrimos en marzo y que ya en junio parece que vuelve a ser la misma de antes, la de la insolidaridad y la ingratitud hacia quienes cuidan de ella.

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