La deriva inglesa

Por Santiago Gil //

Vivía allí hace años y vuelvo siempre que puedo. A lo mejor idealizo, pero hace tres décadas no eran así. Es verdad que cuando hacía frío o cuando quería ser periodista de mundo me iba a las sesiones de la Cámara de los Comunes y me encontraba a muchos Boris Johnson, histriónicos, vocingleros y teatrales, sobre todo teatrales; pero aquello parecía más una escenificación para el turismo que otra cosa. En la calle, en la vida diaria y en las decisiones, los ingleses eran personas sensatas y coherentes. Vale, es cierto que ya estaban los otros, los que han aupado a los que estilan mensajes excluyentes, soflamas racistas y mendaces arengas que les acabarán llevando a la ruina, pero eran pocos y nadie les hacía caso.

Inglaterra me enseñó a convivir con todas las culturas y todas las razas, en un vagón de metro o en un edificio de apartamentos, en las academias, en los museos y en la vida diaria. Vale, también es cierto que ya entonces se disparataban y se mataban en las gradas de los campos de fútbol y que tenían mala bebida dentro y, sobre todo, fuera de sus fronteras; pero no pensábamos que serían esos los que acabarían llevando a Inglaterra al desastre y a la incoherencia, que llegarían todos los payasos al poder y que su política pudiera ser tan catastrófica y tan insolidaria. Yo intuía, antes de las reuniones, que no los iban a convencer con lo del corredor sanitario seguro con Canarias y Baleares, entre otras cosas porque a la mayoría de ellos habría que llevarles otra vez a la escuela para explicarles dónde están Canarias y Baleares. Se iban a negar porque todo eso forma parte de su política de destrucción de la Unión Europea, aun a costa de quedarse ellos sin playas y sin borracheras de discoteca, y porque necesitan tapar sus desastres a la hora de gestionar esta pandemia, aquellas negaciones del propio Boris Johnson hasta que terminó en la UVI, y el desatino de su sistema sanitario desde hace muchos años.

Pero no son todos los ingleses, como tampoco somos todos los españoles los que estamos dando esa imagen de país incapaz de cumplir las normas y de ser responsables con nuestros pasos para evitar el desastre. En este caso hay un choque frontal entre los vocingleros e incultos ingleses y los vocingleros e incultos españoles que nos va a llevar a todos al caos. Allí y aquí urge una vuelta a la escuela para que no nos volvamos a encontrar con una generación de irresponsables. El golpe al turismo ha sido letal, y ahora, además de buscar todas las ayudas que logren paliar este desastre (o por lo menos amortiguar el golpe y evitar el hambre), también tendremos que afrontar cuando antes un alejamiento de esos monocultivos que, una y otra vez, dejan a Canarias sin más salidas que la propia salida hacia otra parte.

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