La biografía de Gran Canaria a través de sus árboles

Por Michel Jorge Millares

«Siluetas biográficas del paisaje canario». Así describió hace un siglo a los árboles el intelectual grancanario Domingo Doreste, en un momento en el que la masa forestal de las islas presentaba una sobreexplotación alarmante. Algunos ejemplares que sobrevivieron todavía están entre nosotros y son monumentos naturales ligados a la memoria de la comunidad. Estos forman parte del catálogo de árboles singulares elaborado por el Cabildo Insular de Gran Canaria, con 85 ejemplares que en su mayoría tienen más de 100 años, así como hay dos que se estima su edad en más de 400 años, como son el acebuche de Llano Parra y la sabina en la finca de Tirma.

Esta iniciativa pretende crear conciencia en la población sobre la importancia de conservar los símbolos de la riqueza botánica y paisajística de unas islas que son consideradas como uno de los territorios con mayor variedad de flora y fauna autóctona del mundo, con relictos de la que fuera la vegetación subtropical que se extendía por el norte de áfrica y que sobreviven a ambos lados del continente africano. Pero también es un llamamiento para conocer con más detalle a algunos de nuestros vecinos naturales, centenarios y tranquilos, que forman parte de un paisaje en el que ellos mismos son los principales motivos de observación y emoción, con su silueta inseparable y reconocible por toda la comunidad.

Y este interés que ha despertado la elaboración del catálogo insular no es nuevo, ya que hace una década que el municipio de Santa Brígida aprobó un catálogo de árboles singulares, lo que no quiere decir que estos ejemplares ya no puedan desaparecer. Son seres vivos sometidos a las leyes de la naturaleza.
Mucho antes, hace un siglo, el escritor Francisco González Díaz realizó una gran campaña periodística y publicó libros abogando por la recuperación de los árboles, lo que le valió el sobrenombre de «el apóstol del árbol«. En Tenerife otro periodista, Leoncio Rodríguez, publicaría dos libros sobre los árboles históricos y tradicionales de Canarias. Gracias a ellos y otros autores, tenemos la crónica de varios símbolos vivientes del paisaje isleño. Estas voces tuvieron su eco y durante los últimos 70 años se ha realizado una gran labor de adquisición de tierras abandonadas y la repoblación de las mismas. Con el paso del tiempo, aquellos pequeños plantones se han convertido en grandes zonas boscosas que son motivo de visita y disfrute para residentes y visitantes, quienes pueden contemplar y disfrutar de grandes bosques de pino canario que cubren las zonas que fueron deforestadas durante siglos, primero para las calderas de los molinos de azúcar, para la construcción de viviendas, barcos o muebles. Las maderas de las especies del monteverde o laurisilva eran muy codiciadas por su calidad, al igual que el pino canario, con una madera de gran calidad y, sobre todo, por su uso para obtener la resina que permitía calafatear los fondos de los barcos de madera: la ‘pez’.

Nuestros visitantes saben que nuestro paisaje natural es especial, singular, reconocido desde hace siglos por Homero, Horacio, Virgilio y muchos más autores que situaban el Archipiélago en los confines del mundo “adonde fenecían el cielo, la tierra y el mar”, reservado por el dios Júpiter para grandes personajes, gente piadosa y de probada virtud, quienes disfrutaban de tierras de fabulosa fertilidad donde, según Horacio la viña florecía contínuamente, la oliva siempre se llenaba de fruto y los higos adornaban constantemente las ramas. Plinio descubre una isla donde brotaban espontáneamente, sin sembrar, los frutales de todas clases. Árboles que crecían hasta 140 pies cargados de frutos y de multitud de pájaros. Incluso se sitúa el drago o al garoé (ejemplar que existió en la isla de El Hierro) como el árbol de la vida del Paraíso, tal como aparece en la famosa obra ‘El Jardín de las Delicias‘ de El Bosco. Más sorprendente sería la narración de Luciano al describir el convite en el campo Elysio cuyos participantes se alimentaban del bosque gracias a los vientos que servían la mesa y portaban el vino que colgaba en vasos de cristal colgando de sus ramas como si fueran sus frutos.

Ahora disponemos de un catálogo o guía que nos muestra figuras de la naturaleza talladas por la tierra, el sol, el viento y el agua, durante decenas o cientos de años. Una obra de arte única, irrepetible y mortal digna de conocer en su medio natural, donde el paisaje isleño ofrece su belleza con toda su magnitud y originalidad, con esa característica singular que hace que nuestras islas sean consideradas el lugar de la eterna primavera.

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