El valor de la cultura

Por Santiago Gil

La educación y la cultura son dos caras de la misma moneda. Pongamos que la cara A es la educación y la B la cultura, no por dejar a la cultura como aquella segunda canción en orden de importancia de los vinilos de cuarenta y cinco revoluciones de cuando ni en la peor de las pesadillas podíamos imaginar un presente como el que vivimos ahora. Digamos que la educación sería la cara A siempre, incluso cuando hablamos de salud y de la formación de quienes nos cuidan, y también del respeto y de los valores de los cuidados.

Llegamos a la cultura por la educación porque de alguna manera, a medida que el ser humano aprende, se hace preguntas y emprende una búsqueda hacia lo desconocido, termina llegando, creo que inevitablemente, la reivindicación de la belleza, que no es un ninot de cartón piedra coloreado ni cuatro rimas forzadas, cursis o redichas. Hablamos de la emoción y de todo lo que eso genera en un ser humano, de la empatía, de la serenidad y de la vida mucho más allá de lo inmediato. Claro que no nos cura de la COVID-19 ni nos quita el hambre si nos quedamos sin trabajo y sin ver una salida por ninguna parte; pero sin cultura no se alienta la creatividad, ni la vida en comunidad, ni esa sensación de que también precisamos alimentos para el alma. Pero es que, además, solo desde la creatividad es como hemos salido siempre adelante los seres humanos: nuestra adaptación a cada circunstancia ha tenido mucho que ver con las abstracciones, con el acercamiento a los miedos y a las incertidumbres a través de la simbología y de las metáforas, y a veces, para que lo veamos todo un poco más claro y con una cierta esperanza, necesitamos el aviso sutil de esa melodía que, de repente, se convierte en la puerta de entrada de alguna idea grandiosa.

 No desdeñemos la cultura porque el horizonte de la educación quedará sin alas, será una moneda sin sentido porque no podrá reflejarse en ninguna parte. No dejemos que desaparezcan quienes nos cuentan, nos retratan, nos regalan ese idioma universal de las notas musicales o nos permiten volar lejos mirando a una pantalla, sin darnos cuenta de que realmente estamos viajando hacia rincones de nosotros mismos que nunca habíamos transitado. Necesitamos esos pasos necesarios, esa sensación de que, a pesar de los desastres y del miedo a lo inmediato, hay algo que nos eterniza casi como la caricia de quien nos ama. No dejemos a esos niños que han estado encerrados estoicamente en nuestras casas sin ese hilo de esperanza, sin esa puerta por la que muchos sabemos que se llega a la felicidad que realmente vale para algo más que para un ejercicio de contabilidad. Lo que somos, lo que nos llevamos, lo que nos salva, tiene mucho que ver con esas emociones que solo regala el arte.

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