El baile del Titanic

Por Santiago Gil

Ellos iban de esmoquin y ellas con trajes largos de noche. Mucho glamour. La inmortalidad de los que creen que lo tienen todo. La orquesta afinada, los violines, las trompetas, lámparas de lágrimas de cristal, champán, amores de toda la vida y amores improvisados, amantes, brindis con copas que se confunden con las estrellas y un iceberg a lo lejos en la noche oscura. Tras la colisión inesperada toda la fiesta terminó de repente. Dicen que los músicos siguieron tocando y que todavía se les escucha en los cementerios de pecios olvidados, entre las burbujas del tiempo, donde oscurecen los océanos.

Nosotros nos creemos igual de eternos, pero en lugar de vestirnos de fiesta improvisamos asaderos, encuentros de chundachunda en la playa o jolgorios en barcos que nada tienen que ver con el Titanic, ni por las pintas, ni por la música, ni por la propia fiesta. No deberíamos hacer eso. No deberíamos juntarnos sin mascarillas. No deberíamos olvidar que hace apenas dos meses estábamos muertos de miedo. Alguien debería enseñarles las imágenes de las UVIS llenas de personas moribundas, de los respiradores, de los ataúdes sin nombre,  alguien debería controlar a todos esos reyes y a todas esas reinas del mambo cutre de este siglo con tan poco glamour algunas veces, y con tanto imprudente y tanto desalmado, con tantas miles de personas egoístas e insolidarias que activan brotes como pirómanos irresponsables.

Somos nosotros mismos los que nos estamos condenando, unos a otros, cada cual haciendo dejación de sus responsabilidades. No busquemos culpables más lejos. Esta pandemia, por lo menos en lo cercano, se controla (porque aunque lo de Oxford es una esperanza todavía no se ha ganado ninguna batalla) haciendo caso a las recomendaciones, no juntándonos, no saliendo sin mascarillas, no comportándonos como simios sin neuronas que danzan en ese apocalipsis cutre de todas esas fiestas de madrugada. Si no logramos comportarnos como personas civilizadas, solo quedará de nosotros el eco de esos chundachundas que hacen retumbar las paredes de nuestras casas cada vez que pasa un coche con todos esos que se creen inmortales.

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