Adiós al Conde de la Costa Canaria

Por Míchel Jorge Millares

“Ensalza siempre la vida. La honra si no se olvida según las obras”  (Lema del escudo heráldico del Condado de la Vega Grande de Guadalupe).

Estos días inciertos, con un calendario indefinido cargado de esperanzas confinadas, el goteo de noticias luctuosas no cesa. En pocos días hemos conocido el fallecimiento de personajes destacados de nuestra historia turística como Manuel Poladura o Pablo Barbero, sin poder rendir el merecido duelo y reconocimiento que merecen, en un mundo paralizado pero en el que el tiempo sigue marcando el ritmo de su implacable rumbo hacia el final, hacia la memoria que nos permite recordar su aportación a nuestra historia colectiva. Y hoy hay mucho que recordar al enterarnos del fallecimiento de Alejandro del Castillo y Bravo de Laguna. Quizás, una de las personalidades fundamentales para la historia de este Archipiélago al ser el principal protagonista de un proyecto que cautivó a todo el planeta: la convocatoria y primeros pasos del Concurso Internacional de Ideas Maspalomas Costa Canaria, en cuyo centro se encuentra el Templo Ecuménico con una cripta en la que el noveno Conde dijo que hallaría el descanso.

El sueño emprendido por su padre, el octavo Conde, se convirtió en una oportunidad para que su sucesor pusiera en marcha su proyecto vital: convertir Gran Canaria -y Canarias- en el principal destino turístico del Atlántico. Y no escatimó recursos para ello. Sin pensar que con el tiempo las administraciones y la ambición de muchos lograrían desvirtuar sus acciones y, sobre todo, demostraron que el dinero y el poder no traen aparejados la grandeza y la visión de un emprendedor para esta tierra.

Desde su posición en una familia de grandes terratenientes, gracias a las las peripecias y enlaces entre familias poderosas de entre los cabecillas de la conquista de la isla, junto a descendientes de los reyes de la antigua población isleña, además de acaudalados propietarios genoveses, surge el Condado de la Vega Grande de Guadalupe. Un poderoso clan que intentó por todos los medios elevar sus riquezas con la puesta en explotación de los escasos recursos de este territorio aislado. Y así estudiaron invertir en aguas minerales, en caza de ballenas, en salinas, en todas las labores agrícolas imaginables en esta isla, desde la caña de azúcar a la actual producción vinícola. Sin olvidar su apuesta por infraestructuras sorprendentes como la Noria de Jinámar, la gran presa de bóveda de Soria o la ‘red condal’ que distribuía las aguas para las zonas de cultivo de todo el territorio costero de San Bartolomé de Tirajana. Toda esta historia está perfectamente documentada en la obra realizada por Manuel Lobo y Fernando Bruquetas, con quienes coincidí en pleno desarrollo de su investigación mientras realicé el guión de lo que hoy es el Museo Condal en la que fuera la ‘puerta del desierto’, la Casa Condal en Juan Grande.

Si algo caracteriza a este noveno conde ha sido su entrega al desarrollo turístico como pieza fundamental para que todos los sectores económicos de la isla pudieran tener un impulso por la propia inercia de crecimiento de la actividad en todos los niveles, gracias a lo que él intuía como el gran paraíso turístico del Atlántico. Y no se equivocó, salvo en pensar que su impulso se vería acompañado por el de los responsables políticos.

El Condado de la Vega Grande de Guadalupe se originó en 1777. La familia Condal ha mantenido durante estos casi 250 años de nobleza, su colaboración en iniciativas sociales (creación de centros de asistencia, viviendas, iglesias, guarderías, alojamientos y dependencias de fuerzas de seguridad…), su defensa de los intereses colectivos (tanto en la defensa militar de la isla o acudiendo furtivamente a través de Gran Bretaña a la Península para esquivar el bloqueo que se impuso desde Tenerife a Gran Canaria tras superar la epidemia de cólera morbo) o culturales, de las que hay una interminable lista de iniciativas.

Pero a lo largo de sus distintas generaciones han tenido un papel destacado en iniciativas turísticas que han pervivido. Como es el caso de las alfombras de flores de La Orotava, que fueron ‘exportadas’ por su impulsora en el barrio de Vegueta, Leonor del Castillo. También destacan en la creación del Gabinete Literario, la Sociedad Filarmónica (la primera instaurada en España), el apoyo constante al Museo Canario, o incluso al ser los únicos inversores isleños junto al capital británico para construir el Hotel Santa Catalina. Dentro de ese impulso a organismos de la sociedad civil, también participan en el Sindicato de Iniciativas y Turismo (posteriormente el Centro de Iniciativas y Turismo) en el que también figuraban los hermanos Martín-Fernández de la Torre, Néstor y Miguel, así como Domingo Doreste ‘Fray Lesco’. Es precisamente el artista Néstor el que se refiere a Maspalomas, con una frase que inspiró a Alejandro del Castillo “…La formidable playa de Maspalomas… que las generaciones que nos sucedan lleven a cabo proyectos que aconsejen las realidades del momento. No concibamos las cosas en pequeño, sino en grande, con la vista en el porvenir”.

Y el octavo y noveno conde asumieron el reto. Rechazaron crear un Parador en el palmeral, como pretendía Matías Vega Guerra, y otras ideas como el proyecto del arquitecto catalán Nicolás María Rubió Tudurí. Se pusieron de acuerdo con otra figura destacada de esta historia, el arquitecto Manuel de La Peña, convocaron el Concurso Internacional de Ideas Maspalomas Costa Canaria (1961, fallado en 1962) siendo conde Alejandro del Castillo y del Castillo (1892-1977), cuyo desarrollo gestionaría el noveno conde, Alejandro del Castillo y Bravo de Laguna (1928-02/05/2020). Ambos obtendrían, entre otros reconocimientos, la Medalla de Oro al Mérito Turístico. El octavo Conde presentó el proyecto al Centro de Iniciativas y Turismo, y participó de su directiva durante los años sesenta. Esta institución está presidida en la actualidad por el tercer hijo del noveno conde, Fernando del Castillo Benítez de Lugo.

La familia condal convirtió los terrenos donde finalizaban los surcos de la zafra tomatera, en la primera gran ciudad turística de España. En ella, surgida de la nada, construyeron el primer templo ecuménico de España, el primer parque temático del país (Sioux City), el primer aeroclub turístico, restaurantes (los singulares y desaparecidos ‘La Rotonda’ o ‘El Abanico’), hoteles (el Hotel Oasis Maspalomas, encargado a los arquitectos Corrales y Molezun porque el Conde pidió a Manuel de la Peña que buscara a quien pudiera hacer “el mejor hotel del Atlántico”), un campo de golf de 36 hoyos (hoy de 18 por otra trapisonda especulativa de la administración) en un paisaje dunar que cambió del amarillo al verde en pocas décadas… Sin olvidar el Centro Helioterápico que creara con Eduardo Filiputti junto a la charca. Pero en aquel páramo tuvieron que crear todas las infraestructuras: aguas, la Eléctrica de Maspalomas (Elmasa) porque Unelco pedía 60 millones de pesetas por llevar la alta tensión a la nueva ciudad, los viales, los viveros, las comunicaciones, la atención médica, e incluso la cementera que pudiera facilitar el material para las construcciones que se realizaron ‘inventando’ el bungallow, y facilitando que numerosos pequeños inversores pudieran convertir sus ahorros en rentas tras una amortización casi inmediata por el crecimiento del turismo durante amplios periodos de la historia de Maspalomas Costa Canaria.

La isla formó parte destacada de la ‘carrera espacial’ gracias a la cesión de los terrenos en Maspalomas para la creación de la estación de la NASA que atrajo la visita de numerosos astronautas. Pero también realizaron un enorme mecenazgo cultural al financiar el Festival de Ópera de Las Palmas (1967), así como el concurso de piano Pedro Espinosa, la carrera condal de ciclismo, etcétera, etcétera… Son, en definitiva, actuaciones que han permitido potenciar la marca turística de Gran Canaria, sin olvidar la iniciativa de promocionar el sector turístico de todas las islas con una revista que tuvo un enorme impacto: ‘Costa Canaria’, bajo la dirección de Carlos Yrisarri y en sus números finales por Pedro González Sosa.

Pero su sueño no tenía límites. Trajo a Gran Canaria a los más destacados directores de salas de concierto de EEUU para construir un auditorio y crear un festival internacional de música donde hoy se encuentra la zona de Bellavista. Pero encontró la incomprensión de las administraciones (hoy día es una realidad, pero pagada casi exclusivamente por el Gobierno de Canarias), o a expertos en pistas de carreras para construir a finales de los años 60 un circuito de Fórmula Uno.

Alejandro del Castillo se decepcionó con el trato de algunos estamentos, con las ‘condiciones’ y objetivos de algunos ‘servidores públicos’ que anteponían intereses particulares al de la comunidad. Todo ello en un continuo ‘tsunami’ de demanda y oferta que intentaron gestionar durante décadas y cuyo resultado apenas tiene que ver con las ideas iniciales de aquellos pioneros, así como la grandeza de los proyectos del Conde. Con él finaliza una época de honra, de obras, de amor a las artes y se apaga la vida de una persona buena, un filántropo.

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